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sábado, 19 de enero de 2013

DESOLACIÓN



Leer la prensa hoy día (la de ayer y ¿la de mañana?) escuchar la radio o conectar la tele, es aposentar la desolación en tu mente, viciando de pesimismo al más cándido optimista.

Opté por partir, no manzanas con manzanas, huir de estas cuatro paredes que conforman una prisión sin barrotes, ante la presión de voces llegadas de las ondas e instaladas en cualquier periódico digital.

La hora es la correcta en mis andanzas solitarias ( en compañía, siempre persiste la voz que martillea tu tranquilidad:”Un día saldrás de casa sin las aceras emplazadas…).

Seguí la flecha recta del asfalto con la duda de llegar a la curva en forma de sartén que, en pronunciada bajada, me llevaría frente a una de sus entradas principales, quizás la más reconocida por los conductores de autocares turísticos por la explanada abierta, y restringida a ciertas horas y días a los vecinos que pagamos nuestros impuestos, pero no la más conocida para los friquis, despistados, turistas. Me incliné por el atajo, algo escorado e inclinado donde, algún vecino jubilado o no, remendó laborando unos peldaños trabajándolos de la propia inclinación montañosa que me llevaría directo a la gran puerta de entrada en forma de fuerte Laramie.

A esta hora, se respiraba tranquilidad en voces, piernas, perdones en empujones involuntarios por la premisa de una instantánea, vendedores sin permisos y carteristas del tiempo.

Frente a mí, todo el solitario camino más allá del primer descanso del fatigado conocedor del parque, ese oasis que ahora, a esta hora, sus mesas y sillas parecían más esqueléticas que nunca expuestas al reflejo solar rebotando la luz entre sus barrotes como una risa comunicación entre ellas, entre las sillas y mesas metálicas. A la derecha, quedaba el sendero entre la maleza cuidad que llevaba al pequeño anfiteatro columnado, formando una rectangular cueva espaciosa de luz con vistas al mar. Bajo el porche de tan exquisita galería, en uno de su tronco palmeral, esos brazos gaudianos que conforman la terraza superior, quedaron grabadas las palabras de amor de un tiempo y la sombra de nuestros besos.

Baje los parpados, para seguir viendo el solitario camino y aquellas horas de una tarde en el parque, cuando el parque no lucía redes de prohibido el paso y nuestros pasos descubrían nuevos senderos salvajes y caminos que nos llevaban más allá de las Tres Cruces, dos de ellas señalando los puntos cardinales y la tercera apuntando hacia el cielo, descubriendo vestigios de unas cuevas que sirvieron al naufragio de unos fugitivos de posguerra, pequeños huertos cuidados por estos ermitaños clandestinos, abasteciendo sus reinos con el agua de la fuente de la Cabreta, otra fuente desaparecida y olvidada.

Abrí los ojos, respiré hondo, mis pasos se deslizaron por la sena izquierda, la que, directamente me llevaría a la gran y majestuosa entrada conocida por tantos, quizás porque al llegar a sus países de origen, siempre recordarán y comentarán al vecino o familiar las vetustas escalinatas de colorido pedrisco y ese lagarto quebradizo, confundido siempre por cualquier desconocedor visitante con un dragón, cuya cabeza reflectante  chorrea sin cesar una fuente de agua donde manos y empujones se reparten en busca de la mejor fotografía. 
El dragón lo encontraremos en la fuente de la Cascada, en el otro parque, el parque de la Ciudadela.

En esta entrada principal, la más fotografiada, formada por una puerta de hierro forjado. 
Una replica de esta puerta, se puede ver en la Casa Miralles, otro mecenas de la ciudad Condal que, envidioso o no de las que el propio Gaudí había proyectado para Eusebio Güell, la Casa Vicens y el Bar Torino (El Torino desapareció en 1911, su reja se recuperó, instalándose en el bar restaurante Grill Room de la calle Escudillers. Al bar Torino le siguió una casa de arte, más tarde una joyería de la cual no quiero hacerle propaganda. Pero esto, esto es otra historia) le construyó, como digo, una replica que adorna parte del muro en forma de ondulaciones de Casa Miralles, en el paseo Manuel Girona.

Entrada conocida sí, por ese sopetón maravilloso donde se adivina la sala de conciertos, la plaza de la Naturaleza y la sala Hipóstila y, a ambos lados de la puerta de hierro, dos casitas, pabellones; refugio para carruajes, hoy día almacén de herramientas de jardinería y casa que debía ser como administración del propio parque, convertida en tienda de  libros, regalos y cafés.
Me había servido del atajo del parque para llegarme a la plaza Lesseps, el atajo bien vale la pena, que no fiesta como diría aquel. Ninguna prisa en llegar, sino que el atajo sirvió para aparcar la desolación y recrear en mi mente pasos perdidos del ayer.

Las casitas con jardín trasero y delantero de la calle Larrard iban perdiendo su primavera, quiero decir que muchas de estas tranquilas casitas iban perdiendo identidad. Unas, vendidas o alquiladas a tiendas de souvenir con misma identidad extranjera en sus vendedores; otras, reconvertidas en cafés, bar último demodé  y alguna en escuela de idiomas orientales.

Abandoné la calle que recogió su nombre de la Casa Larrard, palacete dentro del propio parque donde vivió, hasta su fallecimiento en 1918, Eusebio Güell. Mientras bajaba por la calle Mercedes, hacía el abrazo de las calles Marianao con Pare Jacinto Alegre, sonreía del error de los japoneses y no japoneses siguen confundiendo o mal orientados sobre la única casa habitable hoy día dentro del propio parque, creyendo o haciéndoles creer que la personas que observan en el jardín o detrás de las cortinas, son familiares de Gaudí y no dejan de hacer fotos en este sentido. Los propietarios de la casa no desean frustrarlos y se dejan fotografiar cuando no hay más remido al paso de cualquier flash.

Desconociendo este hecho, como otros dentro del parque, la Casa Martí Trias, guarda similitud gaudiana,  es obra de Juli Batllevell, sabadellense discípulo de Doménech i Montaner y colaborador de Gaudí en la arquitectura de la Casa Calvet.

Eusebio Güell, impulso la venta en parcelas del parque. Tan sólo pudo vender dos parcelas, una de ellas al doctor Martí Trías Doménech, que en aquellos primeros años de 1900 sin más vecinos en el parque, se abastecían de la compra a las cercanas masías Can Xirot y Can Toda, reconocidas hoy día en la falda de la montaña Pelada, al igual que se abastecía la familia Ventura, único vecino del doctor Martí Trías.

Durante la guerra civil, la casa del doctor Martí Trías fue ocupada por milicianos del Coll y en el año 39 por los moros que incendiaron parte del mobiliario. Los descendientes del doctor Martí Trías Doménech, los Vergés Trías,  pudo salvar algunos enseres y muebles y, por supuesto la casa hasta hoy día.

Al llegar a la calle Jacinto Alegre, ya planificado mi encuentro en la foto que guarda mi memoria de la fuente en esa calle, la Font del Carbó (fuente del Carbón) la sonrisa se troncó por los desperfectos que día a día desfigura el lugar, la fuente y el homenaje que los vecinos veneraban a la Virgen de la Salud que engalanaba la Font de Carbó.

Los terrenos, colindantes con el antiguo propietario, el Cotolengo, fueron comprados por el “indiano” Joan Carbó propietario de Can Xifreret, hoy sede social  y pistas del Club de tenis La Salud.

La Font del Carbó fue inaugura en 1875. En 1931 fue comprado por la hija del banquero Manuel Girona y Carolina Vidal, viuda de Sanllehy, Ana Girona Vidal, viuda de Sanllehy, que se casó con Domingo Sanllehy Albrich, dando nombre a la cercana plaza.

La Font de Carbó, en lamentable estado de conservación, cerrada por contaminación y vallado su entorno por el Ayuntamiento, (lamentable Parques y Jardines que no abra este espacio y anexarlo con el propio parque Güell por la entrada de la explanada con puerta estilo fuerte Laramie. Desde la “ecologista” Inma Mayol, las zonas ajardinadas en Barcelona han ido a menos. Quien os ha conocido, a Joan Saura e Inma Mayol, y quien os ve, descansando tras las aguas turbulentas en vuestras aguas tranquilas de Port de la Selva, dejando la selva del asfalto levantada sin mayos revolucionarios. Pero esto, esto es, también, otra historia) para no ser menos que el Park gaudiano que presume a su altura.

La Font de Carbó, enrejada, presume, se adivinan, dos plafones de cerámica enmarcados en pared tochana, remarcando en sus pilastras, la superior, la Mare de Déu de la Salut y en el plafón inferior el nombre de la fuente y la fecha memorial de unos Juegos Florales en decadencia.                                      

Camino abajo, dejo Jacinto Alegre para entremeterme por la calle Santa Elionor, antes de enlazar con la calle Antequera, cruce con la calle Molist, siguiendo calle Escorial y desembocar en la Travesera de Dalt que me llevará a la Plaza Lesseps, giro el cuello a mi izquierda, sonrió ante la productora Gestmusic y sí, lanzo con gesto de rabia una butifarra de pagés a nuestro Ayuntamiento barcelonés.

Ahora más que nunca, y siempre, vecinos de la Salut; Gracia; Vallcarca; Coll; Carmel unamos nuestra fuerza y razón de propuestas, contra este Ayuntamiento que encarcela nuestro Park Güell, Patrimonio de la Humanidad.

Desolación.

lunes, 14 de enero de 2013

MUCHA MIERDA: ANNA LIZARAN



Este escrito quedó reflejado en mi antiguo blog en la fecha señalada más abajo.
Mi granito de arena recordando a la “Lizaran”, recordándola siempre; su voz, su talante, sus gestos, su furia, su bondad, su genio, su figura. A ti Anna, como grité en su día, mucha mierda.
He podido disfrutar de tus registros en estas cuatro obras. Así, por orden de visión:

FORASTERS
UN MATRIMONI DE BOSTON
EL BALL
AGOST: OSAGE COUNTY


29-01-2011

AGOSTO: OSAGE COUNTY


No es una comedia, tampoco se ajusta a una pieza dramática. En todo caso es una obra que se ajusta a la comedia del día, es decir, a la comedia humana que nace, crece y vive en cualquier familia, vaya, una comedia humana como dijo aquel.
Me apetece dejar en esta ventana, y no en el estante, estas notas sobre Agosto: Osage County, una obra excepcional del desconocido, para mi, Tracy Letts.
Siempre, los criticos en criticar una obra teatral o estrena de película, acostumbran a llevar el agua a su molino, depende de si el director, actor o actriz les sonrió o les concedió una entrevista en exclusiva, es entonces cuando alardean de la obra, aunque no la haya visualizo y, como efecto dominó, destronar o entronar al director.
En este caso, en esta representación de la obra de Tracy Letts, Agosto: Osage County, no tienen nadan que pelar, que es como decir que cualquier mal resonancia escrita por el critico de turno sobre la representación en escena de Agosto. Osage County, solo se la creará él, puesto que si se hiciera una encuesta desde el día de su estreno, 25 de Noviembre hasta hoy día (recuerdo que la obra finaliza su representación el 23 de Enero, a partir de ese día, todo es prorroga) a cada una de las personas que hayan pisado el TNC, ninguna de ellas daría una nota de suspenso a la obra y, mucho menos al empeño y trabajo de los actores.
Quizás, ese crítico, por criticar y cobrar por la crítica, citaría de paso este o aquel altibajo en alguna actriz o actor embelesado, orgulloso en ese momento, de la misma acción teatral de alguno de sus compañeros de reparto.
Obra dividida en tres partes, la primera tiene una duración de 1h20 minutos que pasa sin estar pendiente del reloj, tras 20 minutos de entreacto comienza el segundo acto con duración de 55 minutos, con unos primeros minutos en que la actriz Montse German, (Karen Weston) en conversación con su hermana, en la obra, Emma Vilarasau (Bárbara Fordham) exterioriza unos textos espaciosos y bien aprendidos. La tercera parte, 1h 15 minutos se acelera el desenlace de la obra en una agradecida celeridad para el espectador.
He citado el excelente aprendizaje de texto que nos deleita Montse German, decir, en honor de lo visto, que los textos de Agosto: Osage County, son de agradecer, una prosa teatral de novela, de hecho, la obra parte de un fragmento de la novela “Todos los hombres del rey” de Robert Penn, novelista, poeta y, a la vez, critico literario, toda una joya.
Como digo, excelente interpretación de cada uno de los actores en su papel, desde la asistenta domestica, Almudena Loma, pasando por el sheriff Manuel Veiga ( el más flojo, no como actor, sino como representante duro del viejo y profundo oeste americano) hasta llegar a Anna Lizaran.
Miseria, odio, amor y desamor de cualquier clan familiar en que la persona en que gira la obra, el desaparecido patriarca familiar, Carles Velat, antes de su adiós y desaparición, nos hace un prologo en prosa que te invita a no perder ni una coma, ni una voz mientras se aleja de su habitat en busca de su felicidad, el suicidio.


De esa supuesta encuesta que citaba más arriba, cada uno de los supuestos entrevistados no se les debe de haber pasado la exquisita y magnifica escenografita de Odeón Decorados. Bajo el porche de esa casa del medio oeste, Carlos Velat nos presenta su relato, a medida que el actor se aleja de la casa, esta, mediante guía corredora, deja a la vista del espectador una verdadera, digamos, casa de muñecas, desde el altillo, donde se aloja la criada india, hasta el hall principal donde transcurre la mayor parte de la obra.
Destacar la interpretación de este o aquella actriz, dejaría un adjetivo extraviado para tal o cual actor.
Anna Lizaran. Intencionadamente he estado musitando que adjetivo debería colgar en el haber de la actriz interpretando a Violet Weston, la madre del clan familiar.
Adjetivos y sinónimos serían pocos para situar en el altar de la obra a Anna Lizaran.

Desde aquí, en este rincón de mi ángulo oscuro, aplaudo largamente la dirección de Sergi Belbel y, la limpia y clara traducción de Joan Sellent hasta el chispa ardiente de mis palmas en aplausos.

Mucha mierda en el futuro para todos ellos, para el teatro.