Leer
la prensa hoy día (la de ayer y ¿la de mañana?) escuchar la radio o conectar la
tele, es aposentar la desolación en tu mente, viciando de pesimismo al más
cándido optimista.
Opté
por partir, no manzanas con manzanas, huir de estas cuatro paredes que conforman
una prisión sin barrotes, ante la presión de voces llegadas de las ondas e
instaladas en cualquier periódico digital.
La
hora es la correcta en mis andanzas solitarias ( en compañía, siempre persiste
la voz que martillea tu tranquilidad:”Un día saldrás de casa sin las aceras
emplazadas…).
Seguí
la flecha recta del asfalto con la duda de llegar a la curva en forma de sartén
que, en pronunciada bajada, me llevaría frente a una de sus entradas
principales, quizás la más reconocida por los conductores de autocares
turísticos por la explanada abierta, y restringida a ciertas horas y días a los
vecinos que pagamos nuestros impuestos, pero no la más conocida para los
friquis, despistados, turistas. Me incliné por el atajo, algo escorado e
inclinado donde, algún vecino jubilado o no, remendó laborando unos peldaños
trabajándolos de la propia inclinación montañosa que me llevaría directo a la
gran puerta de entrada en forma de fuerte Laramie.
A
esta hora, se respiraba tranquilidad en voces, piernas, perdones en empujones
involuntarios por la premisa de una instantánea, vendedores sin permisos y
carteristas del tiempo.
Frente
a mí, todo el solitario camino más allá del primer descanso del fatigado
conocedor del parque, ese oasis que ahora, a esta hora, sus mesas y sillas
parecían más esqueléticas que nunca expuestas al reflejo solar rebotando la luz
entre sus barrotes como una risa comunicación entre ellas, entre las sillas y
mesas metálicas. A la derecha, quedaba el sendero entre la maleza cuidad que
llevaba al pequeño anfiteatro columnado, formando una rectangular cueva
espaciosa de luz con vistas al mar. Bajo el porche de tan exquisita galería, en
uno de su tronco palmeral, esos brazos gaudianos que conforman la terraza
superior, quedaron grabadas las palabras de amor de un tiempo y la sombra de
nuestros besos.
Baje
los parpados, para seguir viendo el solitario camino y aquellas horas de una
tarde en el parque, cuando el parque no lucía redes de prohibido el paso y
nuestros pasos descubrían nuevos senderos salvajes y caminos que nos llevaban
más allá de las Tres Cruces, dos de ellas señalando los puntos cardinales y la
tercera apuntando hacia el cielo, descubriendo vestigios de unas cuevas que
sirvieron al naufragio de unos fugitivos de posguerra, pequeños huertos
cuidados por estos ermitaños clandestinos, abasteciendo sus reinos con el agua
de la fuente de la Cabreta, otra fuente desaparecida y olvidada.
Abrí
los ojos, respiré hondo, mis pasos se deslizaron por la sena izquierda, la que,
directamente me llevaría a la gran y majestuosa entrada conocida por tantos,
quizás porque al llegar a sus países de origen, siempre recordarán y comentarán
al vecino o familiar las vetustas escalinatas de colorido pedrisco y ese lagarto
quebradizo, confundido siempre por cualquier desconocedor visitante con un
dragón, cuya cabeza reflectante chorrea
sin cesar una fuente de agua donde manos y empujones se reparten en busca de la
mejor fotografía.
El dragón lo encontraremos en la fuente de la Cascada, en el
otro parque, el parque de la Ciudadela.
En
esta entrada principal, la más fotografiada, formada por una puerta de hierro
forjado.
Una replica de esta puerta, se puede ver en la Casa Miralles, otro
mecenas de la ciudad Condal que, envidioso o no de las que el propio Gaudí
había proyectado para Eusebio Güell, la Casa Vicens y el Bar Torino (El Torino
desapareció en 1911, su reja se recuperó, instalándose en el bar restaurante
Grill Room de la calle Escudillers. Al bar Torino le siguió una casa de arte,
más tarde una joyería de la cual no quiero hacerle propaganda. Pero esto, esto
es otra historia) le construyó, como digo, una replica que adorna parte del
muro en forma de ondulaciones de Casa Miralles, en el paseo Manuel Girona.
Entrada
conocida sí, por ese sopetón maravilloso donde se adivina la sala de
conciertos, la plaza de la Naturaleza y la sala Hipóstila y, a ambos lados de
la puerta de hierro, dos casitas, pabellones; refugio para carruajes, hoy día
almacén de herramientas de jardinería y casa que debía ser como administración
del propio parque, convertida en tienda de
libros, regalos y cafés.
Me
había servido del atajo del parque para llegarme a la plaza Lesseps, el atajo
bien vale la pena, que no fiesta como diría aquel. Ninguna prisa en llegar,
sino que el atajo sirvió para aparcar la desolación y recrear en mi mente pasos
perdidos del ayer.
Las
casitas con jardín trasero y delantero de la calle Larrard iban perdiendo su
primavera, quiero decir que muchas de estas tranquilas casitas iban perdiendo
identidad. Unas, vendidas o alquiladas a tiendas de souvenir con misma
identidad extranjera en sus vendedores; otras, reconvertidas en cafés, bar
último demodé y alguna en escuela de
idiomas orientales.
Abandoné
la calle que recogió su nombre de la Casa Larrard, palacete dentro del propio
parque donde vivió, hasta su fallecimiento en 1918, Eusebio Güell. Mientras
bajaba por la calle Mercedes, hacía el abrazo de las calles Marianao con Pare
Jacinto Alegre, sonreía del error de los japoneses y no japoneses siguen
confundiendo o mal orientados sobre la única casa habitable hoy día dentro del
propio parque, creyendo o haciéndoles creer que la personas que observan en el
jardín o detrás de las cortinas, son familiares de Gaudí y no dejan de hacer
fotos en este sentido. Los propietarios de la casa no desean frustrarlos y se
dejan fotografiar cuando no hay más remido al paso de cualquier flash.
Desconociendo
este hecho, como otros dentro del parque, la Casa Martí Trias, guarda similitud
gaudiana, es obra de Juli Batllevell,
sabadellense discípulo de Doménech i Montaner y colaborador de Gaudí en la
arquitectura de la Casa Calvet.
Eusebio
Güell, impulso la venta en parcelas del parque. Tan sólo pudo vender dos
parcelas, una de ellas al doctor Martí Trías Doménech, que en aquellos primeros
años de 1900 sin más vecinos en el parque, se abastecían de la compra a las
cercanas masías Can Xirot y Can Toda, reconocidas hoy día en la falda de la
montaña Pelada, al igual que se abastecía la familia Ventura, único vecino del
doctor Martí Trías.
Durante
la guerra civil, la casa del doctor Martí Trías fue ocupada por milicianos del
Coll y en el año 39 por los moros que incendiaron parte del mobiliario. Los
descendientes del doctor Martí Trías Doménech, los Vergés Trías, pudo salvar algunos enseres y muebles y, por
supuesto la casa hasta hoy día.
Al
llegar a la calle Jacinto Alegre, ya planificado mi encuentro en la foto que
guarda mi memoria de la fuente en esa calle, la Font del Carbó (fuente del
Carbón) la sonrisa se troncó por los desperfectos que día a día desfigura el
lugar, la fuente y el homenaje que los vecinos veneraban a la Virgen de la
Salud que engalanaba la Font de Carbó.
Los
terrenos, colindantes con el antiguo propietario, el Cotolengo, fueron
comprados por el “indiano” Joan Carbó propietario de Can Xifreret, hoy sede
social y pistas del Club de tenis La
Salud.
La
Font del Carbó fue inaugura en 1875. En 1931 fue comprado por la hija del
banquero Manuel Girona y Carolina Vidal, viuda de Sanllehy, Ana Girona Vidal,
viuda de Sanllehy, que se casó con Domingo Sanllehy Albrich, dando nombre a la
cercana plaza.
La
Font de Carbó, en lamentable estado de conservación, cerrada por contaminación
y vallado su entorno por el Ayuntamiento, (lamentable Parques y Jardines que no
abra este espacio y anexarlo con el propio parque Güell por la entrada de la
explanada con puerta estilo fuerte Laramie. Desde la “ecologista” Inma Mayol,
las zonas ajardinadas en Barcelona han ido a menos. Quien os ha conocido, a Joan Saura e Inma Mayol, y quien os ve, descansando tras las aguas
turbulentas en vuestras aguas tranquilas de Port de la Selva, dejando la selva
del asfalto levantada sin mayos revolucionarios. Pero esto, esto es, también, otra historia) para no ser menos que
el Park gaudiano que presume a su altura.
La
Font de Carbó, enrejada, presume, se adivinan, dos plafones de cerámica
enmarcados en pared tochana, remarcando en sus pilastras, la superior, la Mare
de Déu de la Salut y en el plafón inferior el nombre de la fuente y la fecha
memorial de unos Juegos Florales en decadencia.
Camino
abajo, dejo Jacinto Alegre para entremeterme por la calle Santa Elionor, antes
de enlazar con la calle Antequera, cruce con la calle Molist, siguiendo calle
Escorial y desembocar en la Travesera de Dalt que me llevará a la Plaza
Lesseps, giro el cuello a mi izquierda, sonrió ante la productora Gestmusic y
sí, lanzo con gesto de rabia una butifarra de pagés a nuestro Ayuntamiento
barcelonés.
Ahora
más que nunca, y siempre, vecinos de la Salut; Gracia; Vallcarca; Coll; Carmel
unamos nuestra fuerza y razón de propuestas, contra este Ayuntamiento que
encarcela nuestro Park Güell, Patrimonio de la Humanidad.
Desolación.




