Tras el resguardo frío del cristal revelo el cortinaje
deslumbrando la penumbra del hogar.
El paisaje, verde ayer, más allá de los cables
estremecidos ante la frescura del día, se guarece bajo el manto almidonado en
nieve.
Un fino manto en cellisca, desvela, en lenta agonía, la
adormecida ciudad.
Tras los cristales, aparecen manos infantes, alborotando transparentes
visillos.
El cercano Turó, de mi infancia y juventud, luce su cerro
verdoso, durmiendo el piñar entre el susurro del viento, agujas de pino alfombrando
su ira.
Más allá, abandonando laderas de acuarelas, despierta la
serranía vistiendo sus enaguas de blanca nieve, como doncella en su boda.
Una corriente de luz, desvela mi ensueño tras el cristal,
desertando mi pensamiento el poema vestido de blanco.