Fue este mismos año, leí unas letras que me llamaron la atención. En
realidad la atención, como observador que me aprecio, asalta mi curiosidad
diariamente. La frase, las letras, no las leí como graffiti en cualquier
trasera, o, delantera, según se mire, de la puerta de cualquier lavabo
tabernero, cinéfilo u otros aseos que el mundo son.
Las letras, decían algo así; si en alguna cosa nos parecemos los amantes de
los libros es en el gusto por ordenarlos a nuestra manera. Y si en alguna cosa
nos diferenciamos es justamente en la manera que tenemos de hacerlo, de
realizar, de ordenar nuestra particular biblioteca.
Se puede decir aquello de que, somos lo que escribimos y que cada
biblioteca es fiel a su dueño, a su manera de observar.
Esta pobre filosofía, discurría por mi cabeza reposando mi desnudo
cuerpo en la acogedora silla mecedora,
tipo Thoner, mientras contemplaba la desnudez de la mujer que me ofrecía su
espalda.
Habían transcurridos unos minutos, no más de 16, que nuestros cuerpos se
habían desligado. Ninguno de los dos fumamos, así que la filosofía pobre y sus
deditos acariciando el lomo de los libros, mantenían el calor que emitía
nuestra desnudez después de haber hecho el amor.
La perfecta circunferencia de plata sobre nuestras cabezas, blancura fría,
iluminaba la estancia en frío resplandor de luna llena. La voz de ella rasgaba
la noche acaecida.
Sus dedos, índice y corazón, arrastraban hacía fuera del estante los dos
tomos del irlandés Joyce, Ulises. Medía girándose, sin desprender los libros del
estante, su brazo resguardaba la jugosa manzana de su pecho derecho, todavía
caliente mi mano de su fruta, respondió con una sonrisa la lectura que
desprendieron mis labios al intento de elegir los libros del anaquel.
Mi voz se oyó cavernaria, silenciosa en el silencio reinante de la
estancia: Esos dos tomos, Ulises de James Joyce, Editorial Lumen, los compré un
día antes del 23 de Abril de 1981 en la librería Pravia de Travesera de Les
Corts con Numancia. Por supuesto la librería, hoy día no existe y en su lugar,
no han puesto un café bar ( o sí, porque hace varios años que no paso por el
lugar) sino una tienda de papeles pintados, pocos años después de la compra de
Ulises.
Parece que la repuesta, con la sonrisa ofrecida, la acogió como juego al
atardecer, prosiguiendo sus dedos el azar de libros que descansaban en la balda,
inmóviles. Antes de proseguir el juego, vistió su desnudez con un tul de seda
sin transparencias.
“Nada”; la novela de Carmen Laforet, lucia como joya en sus manos. Carmen
Laforet conquistó, con tan solo 23 años, la primera edicición del premio Nadal.
Sonrío.
Esta novela la hurté, hace años, en la librería Canuda, en la calle del
mismo nombre. Fue una acción de coraje en cabreo. Lo cierto es que había un
tipejo alto, calvo y antipático que siempre que le comentaba cualquier titulo o
autor, me miraba de arriba abajo como presintiendo un caco en mi figura. Lejos
de la realidad.
Había comprado algunos libros en la citada librería, pero esa mañana, era
un lunes, recuerdo, poca gente por las calles y agua de barrendero brillando
sobre los adoquines. Entré en la librería, en el mostrador de la izquierda, la
dependiente entrada en años y en el corto y estrecho pasillo hacia la estancia
más amplia, donde se exponía libros de todos los precios en su nave central,
ahí estaba el tipejo y, en una esquina cestera, “Nada”.
Sonó el teléfono, el tipejo marchó a recoger la llamada y yo, audaz en
atrevimiento nunca pensado, oculté el libro bajo mi pantalón, por dentro del
slip. Al salir de nuevo al pasillo, el imperfecto seguía hablando por teléfono
en la apertura habitable del mismo pasillo, la encargada, ahora a la derecha,
me miró por encima de sus gafas, musité un bon día y adeu. Giré por la calle de
Bot, Portaferrisa y, al llegar a Perot Lo Lladre, ironías de la vida, (su
rejilla como puerta, entonces permanecía abierta hasta cierta hora de la tarde)
en su tramo saliendo a la calle del Pi, ojeé tranquilamente el libro, 2ª
edición septiembre 1945. Buff, suspiré, perdiéndome hacía el Call, refugiándome
en un viejo bar de la calle Marlet. Viejo bar que ya no existe, como dejará de
existir la propia librería Canuda, centenaria, anunciado su cierre para el año
2014, es decir, apresurar a comprar o a esperar el 2014 para comprar libros en
buen saldo.

Su dedo siguió el sendero en azar por los libros, posándose, como su vista
y cabecita algo vertical para leer correctamente el titulo y autor, “Retrato
del artista en 1956” de Jaime Gil de Biedma.
Este libro, le refiero, lo compré junto a otros dos, “El cant de la
juventud” de la añorada Montserrat Roig y “Testament a Praga” de Teresa Pàmies,
en la calle, esto es, en la calle del Progrés, fronteriza de Barcelona con
L’Hospitalet de Llobregat, una callecita que parte de la Ctra. de Collblanc
hacía el Mercat del mismo nombre. Desconozco si actualmente sigue esta buena
costumbre de venta en libros de viejo en la misma zona, puesto que te hablo de
primeros años ochenta.
Abandono mi aposento en silla mecedora para sentarme indignamente sobre la
alfombra, cubriendo mi desnudez, a la luz de la luna, con una especie de
frazada.
Pero como puede ser que recuerdes esos momentos en la compra de un libro
que, seguramente, hace años lo leíste y no has vuelto a ojear desde entonces.-
dice mi amante amada.
No de todos. Si sigues poniéndome a prueba, quizá lleguemos a alguno que no
recuerde como llegó a mis manos. Quiero ser fiel al juego, así que si llegará
este momento, confesaría mi ignorancia. Sonreímos. Nos abrazamos. Nos besamos.
Como si de unos zapatos se tratara, calza su braguita, lentamente, piernas y
muslos hasta cubrir el pequeño bosquecillo de su sexo.
Su dedo recorre, como sostenidos y bemoles la riada de libros de Paco. Cada
uno de sus libros, los libros de Paco Candel, tienen un especial propio para
mí. Cada uno tiene su propia historia, por supuesto no le cuento la historia de
cada libro del querido narrador social (ostia tú, hace cinco años ya de su
adiós).
Ensimismado en su recuerdo, observo a mi amante que su mano cachea y
rastrea por detrás de los libros de Candel, donde resguardo otros libros del
mismo autor.
En cada una de sus manos, abandera sendos libros “Donde la ciudad cambia su
nombre” de la editorial Plaza con edición de 1962 al precio de 20 pesetas y
“Parlem-ne” de editorial Bruguera 1ª edición octubre de 1963 con traducción de
Martí Olaya.
Se extraña de ver hasta cuatro ediciones y editoriales distintas de “Donde
la ciudad cambia su nombre”. Como decía más arriba, cada libro de Paco Candel
tiene su historia y sus momentos.
Me limito sin más, a confesarle donde adquirí los ejemplares que ocupan sus
manitas.”Donde la ciudad cambia su nombre” lo encontré en la librería de viejo
“Factory” existente en Secretario Coloma y “Parlem-ne” en otra entrañable
librería de viejo situada en la calle La Palla de Ciutat Vella, librería Batlle
de tradición familiar y generacional en los años que corren.
Sobre los libros de Candel me hago el desentendido y acto seguido dispara
su dedo sobre el lomo de “El pájaro africano” de Víctor Alba.
Le comento que “El pájaro africano” fue finalista del premio Planeta del 75
y Víctor Alba era el seudónimo de Pere Pagés un incansable luchador, conocedor
de los hechos de Mayo del 37, desde muy joven comprometido con el POUM,
compañero de Andréu Nin, Julián Gorkín, Joaquín Maurín, Juan Andrade y el mismo
George Orwell.
Pere Pagés, Víctor Alba, trabajó para Albert Camus en el periódico
“Combat”.
La vida; el seudónimo, alias de Víctor Alba proviene de uno de sus
protagonistas de una novela del propio Pagés que él mismo destruyó, después de
recibir de Camus una mala critica de esa novela destruida.
Sigue mi perorata que el citado libro lo compré en 1978, en la vieja
librería, inexistente hoy día, que estaba situada a pie de la calle Tallers, a
mano izquierda hacia La Rambla, entrando por Ronda Sant Antoni.
Curiosidad, este libro lo dejé a leer a una compañera a finales de los
noventa. Quedó tan entusiasmada que me comentó donde lo había comprado, le
aclaré que es un libro descatalogado y que, con suerte, lo puedes encontrar en
alguna librería de viejo.
Al igual que localicé “Pam a Pam” de Alexander Cirici i Pellicer (no el
renovado de la admirada Itziar González, tal palo, tal astilla .Por su padre,
digo) en la librería Batlle, pude localizar, pasados los años “El pájaro
africano” en la misma librería de la calle Tallers poco antes del cambio de
siglo.
Sus manos seguían andante maestoso con la naturalidad de las teclas blancas
del piano sobre la oscuridad de la noche. El foco de una lámpara de pie, tras
la silla mecedora, iluminaba la quietud de sus dedos sobre el libro de tapa
roja de Gogol “Almas muertas”.
Recuerdo la compra de ese libro; recuerdo que me lo compró mi madre. Mi
edad, en aquel año, de 12 014 años. Nos acercábamos a dejar toallas y trapos al
señor Ramón, un vecino del barrio que tenía una barbería en la calle Lancaster.
Primero entramos a una granja de la calle Conde del Asalto, mi madre compró una
barra de pan, una ensaimada y una pastilla de chocolate enfundada en su papel
de plata forrada de rojo Nestlé. Al lado de la granja había una librería y un
capazo en su exterior con venta de libros de ocasión. Debía de plegar la
editorial Pretonio, porque fue una buena ocasión para comprar “Almas muertas”.
En la calle Lancaster, a esa tierna edad, únicamente conocía la barbería
del señor Ramón. Más tarde, años ha, conocí la decadente sala teatrera La
Bodega Bohemia, que, al igual que tantas librerías de viejo, desapareció del
haz de la Barcelona canalla.
Decrepita sala donde actuaban extravagantes profesionales del music hall,
transformistas, cupletistas llegados a menos, divertidos, risas y picardías en
su salsa lujuriosa: “Marie Claire, Marie Claire una puta por cada mujer...” o
algo parecido entonaba una tal Marisela entrada en años, como todos los que
allí actuaban.
Mientras susurraba a mi amante si pretendía que le informara de los 1138
libros que vestían mi biblioteca, el tul de seda caía a sus pies desnudando su
cuerpo, la noche se nos echaba a cuestas. Antes de finalizar la frase, mi amor
sostenía en sus manos, un último libro, el erótico gesto de su boquita, sugería
el desenlace final sobre el libro que mantenía en su mano como única materia
que cubría su cuerpo, puesto que otros deleites lucían sin palabras en su
talle.
“Contraataque” de Ramón J. Sénder. Un libro de compromiso político, donde
Sender (En cierta ocasión, Marcelino Peñuelas, en sus conversaciones con el
novelista, le preguntó sobre su apellido, si prefería que le citarán como Sénder
o Sender. El autor, nacido en Chalamera de Cinca, le contestó que le era
indiferente pues en las dos pronunciaciones respondía igual, con o sin acento)
desarrolla los tristes acontecimientos personales en plena guerra civil
española. El asesinato de su esposa, así como el asesinato de dos de sus
cuñados y un hermano que ostentaba la alcaldía de Huesca en el 36. Algunas
lenguas, ni malas ni buenas, observan en la novela L’Espoir, de André Malraux,
cierto episodios plagiados de la novela de Sénder.
Este libro, prosigo a explicarle a mi amante después de cubrir su cuerpo
con telas que palpan sus formas, certificando su físico, lo compré en la librería
Jaimes, en Pº de Gracia.
Curiosidad. La librería Jaimes, perdió su nombre original el mismo año de
su inauguración, 1941. Su verdadero nombre corresponde a James, pero (siempre
los peros) en ese año de gloria franquista, con un nazi potencial e imparable de
nombre Adolfo, todos los nombres, actos o cosas que no estuvieran escritos en
español, alemán o italiano, eran prohibidos en el acto. De aquí que James, se transformara
hasta el día de hoy en librería Jaimes.
En el día de hoy es un decir, puesto que, al igual que la librería Canuda,
tiene sus días contados, cuanto menos en la ubicación actual del paseo de
Gracia.
El año 2014 probablemente cambiará de zona, por los altos alquileres del
enclave actual, donde los Tiffanys con o sin diamantes, pueden permitirse el
lujo de ese desembolso. Esperemos que siga como Jaimes, librería Jaimes.
Un fogonazo de luz inundó la estancia, sus ojos veían sin ver, una
corpulencia, una sombra sin identificar. Una voz, conocida, le despertó de su
somnolencia, su modorra.
.-Ei, para, que fas amb a las bosques (Ei papi, que haces en la oscuridad).
Al reincorporarse, cayó a sus pies el libro que reposaba en su regazo:
“No digas que fue un sueño” de Terenci Moix.



