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domingo, 30 de diciembre de 2012

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO



Fue este mismos año, leí unas letras que me llamaron la atención. En realidad la atención, como observador que me aprecio, asalta mi curiosidad diariamente. La frase, las letras, no las leí como graffiti en cualquier trasera, o, delantera, según se mire, de la puerta de cualquier lavabo tabernero, cinéfilo u otros aseos que el mundo son.

Las letras, decían algo así; si en alguna cosa nos parecemos los amantes de los libros es en el gusto por ordenarlos a nuestra manera. Y si en alguna cosa nos diferenciamos es justamente en la manera que tenemos de hacerlo, de realizar, de ordenar nuestra particular biblioteca.
Se puede decir aquello de que, somos lo que escribimos y que cada biblioteca es fiel a su dueño, a su manera de observar.

Esta pobre filosofía, discurría por mi cabeza reposando mi desnudo cuerpo  en la acogedora silla mecedora, tipo Thoner, mientras contemplaba la desnudez de la mujer que me ofrecía su espalda.

Habían transcurridos unos minutos, no más de 16, que nuestros cuerpos se habían desligado. Ninguno de los dos fumamos, así que la filosofía pobre y sus deditos acariciando el lomo de los libros, mantenían el calor que emitía nuestra desnudez después de haber hecho el amor.
La perfecta circunferencia de plata sobre nuestras cabezas, blancura fría, iluminaba la estancia en frío resplandor de luna llena. La voz de ella rasgaba la noche acaecida.

Sus dedos, índice y corazón, arrastraban hacía fuera del estante los dos tomos del irlandés Joyce, Ulises. Medía girándose, sin desprender los libros del estante, su brazo resguardaba la jugosa manzana de su pecho derecho, todavía caliente mi mano de su fruta, respondió con una sonrisa la lectura que desprendieron mis labios al intento de elegir los libros del anaquel.

Mi voz se oyó cavernaria, silenciosa en el silencio reinante de la estancia: Esos dos tomos, Ulises de James Joyce, Editorial Lumen, los compré un día antes del 23 de Abril de 1981 en la librería Pravia de Travesera de Les Corts con Numancia. Por supuesto la librería, hoy día no existe y en su lugar, no han puesto un café bar ( o sí, porque hace varios años que no paso por el lugar) sino una tienda de papeles pintados, pocos años después de la compra de Ulises.

Parece que la repuesta, con la sonrisa ofrecida, la acogió como juego al atardecer, prosiguiendo sus dedos el azar de libros que descansaban en la balda, inmóviles. Antes de proseguir el juego, vistió su desnudez con un tul de seda sin transparencias.

“Nada”; la novela de Carmen Laforet, lucia como joya en sus manos. Carmen Laforet conquistó, con tan solo 23 años, la primera edicición del premio Nadal. Sonrío.
Esta novela la hurté, hace años, en la librería Canuda, en la calle del mismo nombre. Fue una acción de coraje en cabreo. Lo cierto es que había un tipejo alto, calvo y antipático que siempre que le comentaba cualquier titulo o autor, me miraba de arriba abajo como presintiendo un caco en mi figura. Lejos de la realidad.
Había comprado algunos libros en la citada librería, pero esa mañana, era un lunes, recuerdo, poca gente por las calles y agua de barrendero brillando sobre los adoquines. Entré en la librería, en el mostrador de la izquierda, la dependiente entrada en años y en el corto y estrecho pasillo hacia la estancia más amplia, donde se exponía libros de todos los precios en su nave central, ahí estaba el tipejo y, en una esquina cestera, “Nada”.

Sonó el teléfono, el tipejo marchó a recoger la llamada y yo, audaz en atrevimiento nunca pensado, oculté el libro bajo mi pantalón, por dentro del slip. Al salir de nuevo al pasillo, el imperfecto seguía hablando por teléfono en la apertura habitable del mismo pasillo, la encargada, ahora a la derecha, me miró por encima de sus gafas, musité un bon día y adeu. Giré por la calle de Bot, Portaferrisa y, al llegar a Perot Lo Lladre, ironías de la vida, (su rejilla como puerta, entonces permanecía abierta hasta cierta hora de la tarde) en su tramo saliendo a la calle del Pi, ojeé tranquilamente el libro, 2ª edición septiembre 1945. Buff, suspiré, perdiéndome hacía el Call, refugiándome en un viejo bar de la calle Marlet. Viejo bar que ya no existe, como dejará de existir la propia librería Canuda, centenaria, anunciado su cierre para el año 2014, es decir, apresurar a comprar o a esperar el 2014 para comprar libros en buen saldo.

Su dedo siguió el sendero en azar por los libros, posándose, como su vista y cabecita algo vertical para leer correctamente el titulo y autor, “Retrato del artista en 1956” de Jaime Gil de Biedma.
Este libro, le refiero, lo compré junto a otros dos, “El cant de la juventud” de la añorada Montserrat Roig y “Testament a Praga” de Teresa Pàmies, en la calle, esto es, en la calle del Progrés, fronteriza de Barcelona con L’Hospitalet de Llobregat, una callecita que parte de la Ctra. de Collblanc hacía el Mercat del mismo nombre. Desconozco si actualmente sigue esta buena costumbre de venta en libros de viejo en la misma zona, puesto que te hablo de primeros años ochenta.

Abandono mi aposento en silla mecedora para sentarme indignamente sobre la alfombra, cubriendo mi desnudez, a la luz de la luna, con una especie de frazada.

Pero como puede ser que recuerdes esos momentos en la compra de un libro que, seguramente, hace años lo leíste y no has vuelto a ojear desde entonces.- dice mi amante amada.

No de todos. Si sigues poniéndome a prueba, quizá lleguemos a alguno que no recuerde como llegó a mis manos. Quiero ser fiel al juego, así que si llegará este momento, confesaría mi ignorancia. Sonreímos. Nos abrazamos. Nos besamos. Como si de unos zapatos se tratara, calza su braguita, lentamente, piernas y muslos hasta cubrir el pequeño bosquecillo de su sexo.

Su dedo recorre, como sostenidos y bemoles la riada de libros de Paco. Cada uno de sus libros, los libros de Paco Candel, tienen un especial propio para mí. Cada uno tiene su propia historia, por supuesto no le cuento la historia de cada libro del querido narrador social (ostia tú, hace cinco años ya de su adiós).
Ensimismado en su recuerdo, observo a mi amante que su mano cachea y rastrea por detrás de los libros de Candel, donde resguardo otros libros del mismo autor.
En cada una de sus manos, abandera sendos libros “Donde la ciudad cambia su nombre” de la editorial Plaza con edición de 1962 al precio de 20 pesetas y “Parlem-ne” de editorial Bruguera 1ª edición octubre de 1963 con traducción de Martí Olaya.
Se extraña de ver hasta cuatro ediciones y editoriales distintas de “Donde la ciudad cambia su nombre”. Como decía más arriba, cada libro de Paco Candel tiene su historia y sus momentos.
Me limito sin más, a confesarle donde adquirí los ejemplares que ocupan sus manitas.”Donde la ciudad cambia su nombre” lo encontré en la librería de viejo “Factory” existente en Secretario Coloma y “Parlem-ne” en otra entrañable librería de viejo situada en la calle La Palla de Ciutat Vella, librería Batlle de tradición familiar y generacional en los años que corren.

Sobre los libros de Candel me hago el desentendido y acto seguido dispara su dedo sobre el lomo de “El pájaro africano” de Víctor Alba.
Le comento que “El pájaro africano” fue finalista del premio Planeta del 75 y Víctor Alba era el seudónimo de Pere Pagés un incansable luchador, conocedor de los hechos de Mayo del 37, desde muy joven comprometido con el POUM, compañero de Andréu Nin, Julián Gorkín, Joaquín Maurín, Juan Andrade y el mismo George Orwell.

Pere Pagés, Víctor Alba, trabajó para Albert Camus en el periódico “Combat”.
La vida; el seudónimo, alias de Víctor Alba proviene de uno de sus protagonistas de una novela del propio Pagés que él mismo destruyó, después de recibir de Camus una mala critica de esa novela destruida.
Sigue mi perorata que el citado libro lo compré en 1978, en la vieja librería, inexistente hoy día, que estaba situada a pie de la calle Tallers, a mano izquierda hacia La Rambla, entrando por Ronda Sant Antoni.
Curiosidad, este libro lo dejé a leer a una compañera a finales de los noventa. Quedó tan entusiasmada que me comentó donde lo había comprado, le aclaré que es un libro descatalogado y que, con suerte, lo puedes encontrar en alguna librería de viejo.
Al igual que localicé “Pam a Pam” de Alexander Cirici i Pellicer (no el renovado de la admirada Itziar González, tal palo, tal astilla .Por su padre, digo) en la librería Batlle, pude localizar, pasados los años “El pájaro africano” en la misma librería de la calle Tallers poco antes del cambio de siglo.

Sus manos seguían andante maestoso con la naturalidad de las teclas blancas del piano sobre la oscuridad de la noche. El foco de una lámpara de pie, tras la silla mecedora, iluminaba la quietud de sus dedos sobre el libro de tapa roja de Gogol “Almas muertas”.
Recuerdo la compra de ese libro; recuerdo que me lo compró mi madre. Mi edad, en aquel año, de 12 014 años. Nos acercábamos a dejar toallas y trapos al señor Ramón, un vecino del barrio que tenía una barbería en la calle Lancaster. Primero entramos a una granja de la calle Conde del Asalto, mi madre compró una barra de pan, una ensaimada y una pastilla de chocolate enfundada en su papel de plata forrada de rojo Nestlé. Al lado de la granja había una librería y un capazo en su exterior con venta de libros de ocasión. Debía de plegar la editorial Pretonio, porque fue una buena ocasión para comprar “Almas muertas”.
En la calle Lancaster, a esa tierna edad, únicamente conocía la barbería del señor Ramón. Más tarde, años ha, conocí la decadente sala teatrera La Bodega Bohemia, que, al igual que tantas librerías de viejo, desapareció del haz de la Barcelona canalla.
Decrepita sala donde actuaban extravagantes profesionales del music hall, transformistas, cupletistas llegados a menos, divertidos, risas y picardías en su salsa lujuriosa: “Marie Claire, Marie Claire una puta por cada mujer...” o algo parecido entonaba una tal Marisela entrada en años, como todos los que allí actuaban.

Mientras susurraba a mi amante si pretendía que le informara de los 1138 libros que vestían mi biblioteca, el tul de seda caía a sus pies desnudando su cuerpo, la noche se nos echaba a cuestas. Antes de finalizar la frase, mi amor sostenía en sus manos, un último libro, el erótico gesto de su boquita, sugería el desenlace final sobre el libro que mantenía en su mano como única materia que cubría su cuerpo, puesto que otros deleites lucían sin palabras en su talle.

“Contraataque” de Ramón J. Sénder. Un libro de compromiso político, donde Sender (En cierta ocasión, Marcelino Peñuelas, en sus conversaciones con el novelista, le preguntó sobre su apellido, si prefería que le citarán como Sénder o Sender. El autor, nacido en Chalamera de Cinca, le contestó que le era indiferente pues en las dos pronunciaciones respondía igual, con o sin acento) desarrolla los tristes acontecimientos personales en plena guerra civil española. El asesinato de su esposa, así como el asesinato de dos de sus cuñados y un hermano que ostentaba la alcaldía de Huesca en el 36. Algunas lenguas, ni malas ni buenas, observan en la novela L’Espoir, de André Malraux, cierto episodios plagiados de la novela de Sénder.

Este libro, prosigo a explicarle a mi amante después de cubrir su cuerpo con telas que palpan sus formas, certificando su físico, lo compré en la librería Jaimes, en Pº de Gracia.
Curiosidad. La librería Jaimes, perdió su nombre original el mismo año de su inauguración, 1941. Su verdadero nombre corresponde a James, pero (siempre los peros) en ese año de gloria franquista, con un nazi potencial e imparable de nombre Adolfo, todos los nombres, actos o cosas que no estuvieran escritos en español, alemán o italiano, eran prohibidos en el acto. De aquí que James, se transformara hasta el día de hoy en librería Jaimes.
En el día de hoy es un decir, puesto que, al igual que la librería Canuda, tiene sus días contados, cuanto menos en la ubicación actual del paseo de Gracia.

El año 2014 probablemente cambiará de zona, por los altos alquileres del enclave actual, donde los Tiffanys con o sin diamantes, pueden permitirse el lujo de ese desembolso. Esperemos que siga como Jaimes, librería Jaimes.
 
Un fogonazo de luz inundó la estancia, sus ojos veían sin ver, una corpulencia, una sombra sin identificar. Una voz, conocida, le despertó de su somnolencia, su modorra.

.-Ei, para, que fas amb a las bosques (Ei papi, que haces en la oscuridad).

Al reincorporarse, cayó a sus pies el libro que reposaba en su regazo:

“No digas que fue un sueño” de Terenci Moix.



sábado, 22 de diciembre de 2012

¿FRUSTRANTE? NO.


La obsesión por la literatura; la obsesión de empedernido lector de ciertos autores y la obsesión inflexible por ciertos autores que nunca leería, le hizo pensar, como  ráfaga de aire en otoño espacioso y furioso, esa ráfaga que provoca la danza de la hojarasca  hasta envolverla en manto de broza hasta el alboroto de un nuevo y repentino torbellino.

En el remanso de ese torbellino, resguardado en parapeto tapial del viejo bar, frente al extenso parque iluminado en la hora del día invernal, el comienzo del invierno y el fin del mundo, pensé en ella, en las dos, es decir, en la escritora y en la frase, o al revés, sí; primero en la frase “Rata de biblioteca” en que Merçe Rodoreda designó en señalar a Armand Obiols, su amor en años de penitencia (parafraseando a Carlos Barral) seudónimo de Joan Prat Esteve.                                                                           

La frase. Hace pocos años, rememorando mis años de primera juventud, escribía en la web de mi pueblo, un pueblo dormido o extendido en la ancha  Castilla, anécdotas y vivencias propias y ajenas de mi terruño en  La Moraña (Ávila), más que esbozar, señalé directamente a un paisano como “rata de biblioteca”.

¿Alguno de vosotros, lectores, (caso que tenga lectores este escrito) puede tomarse a mal o enfadarse porque se le denomine rata de biblioteca?  Pues el paisano al que, por cierto, se le reconoce como cronista del pueblo donde nació la reina que se encargó de desterrar a los moros y un servidor, montó en cólera y enojo y, según los comentarios que me llegaron vía interior, al cronista, no oficial, de mi pueblo, le entró un télele, un soponcio, hasta provocarle estrés.

Mi pueblo tiene un nombre musical de renacimiento y primer barroco, excelso y bello como toda la región de La Moraña que, aunque suene a Marania de tierra de moros, me inclino por el origen popular en la creencia sobre el origen de La Moraña vendría de Maraña, por la maraña de pueblos pequeños que en un tiempo se aglomeraban en dicha tierra castellana o, vete tú a saber, sino por la maraña de sus habitantes como el cronista no oficial de mi pueblo.

Luego ella,  Merçe Rodoreda. 21 de Diciembre 2012, un día de luz, alguna mota de algodón sobre el celeste y ráfagas de viento enarbolando faldillas, ramas de árboles despojadas de su vestimenta, el verde césped ausente a ambos lado del sendero que lleva al parque de su niñez y juventud, sonriente foto a boca de dragón. La ausencia y la fuerza de ese olor primaveral de ayer y que mañana nos devolverán las hojas oscilantes de los tilos, el olor del eucalipto, la retama esparcida, el romero, tomillo y lavanda, salvia y magnolias y la hiedra que vestirá de nuevo el jardín como mar, azul como el día.

Su vestimenta es azul, abrigo azul y leotardos azulados, camina despacio, abrigada su piel clara. Pelo corto, nevado; su piel clara, blanca, porcelana a juego con el cabello, ojos rasgados, boquita diminuta, labios finos dibujados a lápiz denunciaban claramente sus rasgos orientales. Al oír su voz, de tonos como ella misma, en un francés de la región de Borgoña, me llevó a la tonta pregunta de su lugar de nacimiento.

Sai Gón.- florece la palabra de su boquita

¿Saigón, Vietnam?, repite mi boca

Oui Oui; sonrie. 

En perfecta educación se aleja su diminuta figura de mis ojos. La ráfaga de viento desgreña los finos hilos de nieve que adornan su cabecita, perdiéndose por el sendero hacía la boca del dragón, perpetuo vigilante del viaducto del parque y la perpetua lavandera, cuyo pórtico en mirada distanciada, se me antoja la verdadera vagina del parque.

Esta obsesión literaria en mi mente, roedor de bibliotecas y librerías de viejo echa en falta aquellas tertulias, por que no, platicadas en el Café de la Rambla o en el restaurante La Puñalada.

No puedo dar calada al puro cohíbas ni sorber el último trago de Jameson, que escribiría Joan de Sagarra, sin otras cosas, porque no soy fumador ni bebedor, pero sí bien vale un suspiro de placer en la visión del día con imágenes.

Será eso, que soy un rebeco adulto, esto es, un ejemplar solitario. Una persona, no rara, sino diferente.


 ¿Frustrante? No.

viernes, 14 de diciembre de 2012

IMPULSOS


…a reflejar mi pensamiento en este espejo…..


Café de Roma 15h 55’ viernes catorce del actual año.

En ala derecha del café, dejando atrás el bullicio callejero, refugiado en el vértice del ángulo recto que forman los tabiques perpendiculares, apoyo mi espalda sobre la desnuda pared. Frente a mis ojos, nueve mesas desiertas de humanidad, vestidas de menú, acompañadas de frías sillas en formación desordenadas.

El interior del local, en forma de sartén, llena de silencio mi estancia hasta el confín donde desemboca el pasillo que vomita su claridad en la calle mayor.  Primero uno, luego otro; unas manos que adelantan el móvil de cuatro ruedas; detrás, otras manos, arrastrando el plagiado, idéntico, carricoche de bebé, ensombrecen el tragaluz de entrada al local.
Al llegar a mi altura, roto el silencio que inundaba mi soledad escogida, dos jóvenes mamás, rozando la añada treintena, acomodan sus jaguars en línea recta en mi vértice, frente a mis ojos, queda la mami morena que, al despojarse de su abrigo, sin esfuerzo, deja bajo su vestimenta el dibujo y la fortaleza de sus pechos.

Sin disimulo, como el sediento que bebe su agua en la canícula veraniega, la morenita de mi dibujo, desabrocha con su mano derecha  tres botoncitos de su camisola color burdeos, dejando al descubierto el valle divisorio de sus pechos y un mini sujetador negro soportando su base la trémula carne de sus pechos, mientras su brazo izquierdo acuna al inquieto bebé, sin llanto y sin protesta, que busca con sus abiertos ojazos el maná de su mamá.

Los ágiles dedos de la mami, desenfunda de su negro sujetador un exuberante pecho níveo, formando su carne una hermosa copa destacando, sobre la blancura, su sombreada aureola y la tetilla erecta de su pezón.

Por la línea de separación de su vertiginoso valle, asoma la carne tensa de su ubre izquierda pendiendo en el espacio, como señal de ataque el bebé se amorra a la teta, chupeteando con seguida destreza el botón ennegrecido de la mama, mientras la mami aprieta su pecho con dos dedos para facilitar a su bebé el caliente alimento de su leche. 

La jovencita me mira sin agravio, sonriendo.
La miro sin lascivia, maravillado.
Observo, descaradamente, la circunferencia y forma de su pecho, sin lujuria.

Llego a mi libro; sin concentración en la lectura, a los pocos segundos vuelvo a observar; vuelve a sonreírme.

Contemplo al bebé como lametea el pezón, comiéndose sin dientes la carne de su mami.
De reojo, se que ella igualmente me está observando. Alzo la vista y nuestros ojos sorprenden la mirada de ambos.
Me sonríe. Aprieta su teta, como escurriendo el paño. Sus dos dedos separan la boquita del bebé del perfecto embudo de su tetilla, al tiempo que enfoca a mis ojos su aureola y la tetina erecta, saliente, de su pezón chupeteado.

El bebé gime. La mami, sin dejar de mirarme (la otra jovencita desarrollaba la misma función, pero sin enfoque a mi, pues su figura quedaba resguardada por una línea perpendicular de su ángulo) construye la misma operación despejando su pecho derecho. El bebé se aferra bribón a su mama. Los ojos de la mami se cruzan con mis ojos, sonriente y, ahora sí, siento un leve cosquilleo en mi entrepierna.
Que hermosa y tierna estampa.                   

Acabada la función, a mami acomoda la cabecita del bebé sobre su hombro derecho. A los pocos minutos, el bebé descansa en su jaguar, satisfecho, adormecido.

La mami cambia de silla, me ofrece su espalda. El jersey color pistacho, subido más allá de su cintura, deja al descubierto su desnudez hasta la frontera donde la espalda pierde su nombre, su desnuda carne reclama mil caricias. Una fina tela negra de encajes y cinta, en forma de tirachinas, braguita negra en juego con sujetador, asoma, sin cubrir, la rendija abierta de su culito.

La serpiente de mi entrepierna despereza su siesta ante el retablo que me regala la joven mami.

Que me impulsa a reflejar mi estancia en el café en este espejo.

Me impulsa el brillante destello como estampa navideña?

Me impulsa la ascua de su desnudez avivando mi fogata?