Dejadme que
me explaye sobre el “mossèn”, sacerdote, de Sant Vicenç dels Horts.
Por
supuesto, desconocéis el personaje y menos a la persona. Por el
título, sospecho que erráis, si os llega a la mente la identificación del mossèn,
con el alcalde de la citada localidad.
Sobre Oriol
Junqueras, ya se encargó de hablar, escribir,(5-4-14) el ex director
de La Vanguardia y antiguo militante, en su juventud, en el RSDC
(Reagrupament Socialista Democrático de Catalunya, partido que dirigía el
insigne pedagogo, Josep Pallach, fallecido en plena transición
democrática. (Ciertamente una gran pérdida para el socialismo democrático) Joan
Tapia.
Si bien es
cierto que Oriol Junqueras es creyente y que cada día está perdiendo la fe,
como tú y yo perdemos la fe en los políticos, no menos cierto es que el alcalde
de Sant Vicenç dels Horts, nacido en el barrio de Sant Andreu del Palomar, Barcelona,
gastó suelas y tiempo en los Archivos Secretos del Vaticano, donde llegó a
coincidir, en pasillo y biblioteca, con el cardenal Ratzinger que entonces
estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde entablaron
algunas conversaciones.
Perdonadme
este desliz, explicación, sobre la apariencia “sacerdotal”
que recoge el escrito, con mismo título, Joan Tapia, sobre Oriol Junqueras. Un
atrevimiento de mi parte, pues ya es tiempo que me centre en mi “mossèn”. Que
me centre y hable de él, de ti, maestro.
Jaume Tuset i Berenguer, mi mossèn,
nació en Sant Vicenç dels Horts. Nombrado en el sacramento sacerdotal en la
localidad de Santa Perpetua de la Moguda, en un año muy cercado al
año de nacimiento de Oriol Junqueras., donde ejerció su labor con trabajo,
sudor y alguna otra lagrima de impotencia.
Jaume era, fue, un sacerdote obrero,
un cura rojo, para entendernos. Ayudaba al necesitado sin palabras, con
hechos. Trabajó en la Riviere. Colgó el hábito religioso, pero no el
mono de trabajo.
Esto transcendía a mediados de los setenta.
A Jaume Tuset i Berenguer, le conocí
muchos años antes de esos mediados de los setenta. Más que conocerle, me
conoció él, despertando mi observación en las cosas y en las personas. Estos
conocimientos de ambos, transcendía en los años 1962 a 1966. Normalmente me
refugiaba en mi soledad, me gustaba, me gusta, estar solo. Esto no quiere decir
que rehúya o desprecie la buena compañía, pero como digo, era, soy, observador
y me gustaba crear mis propias fantasías o realidades. De hecho mis
dos últimos años de colonias, fui “cap de colla” de un grupo de unos doce
chavales de mi misma edad, algunos, mayores que este escribir por aquel
entonces.
Jaume ejercía de monitor, con otros
alumnos de seminarios eclesiásticos. Conocidos todos ellos, colegas, de
La Conrería, el conocido Seminario menor de Barcelona.
(El autor de "Un millón de gotas", Víctor del Árbol, antiguo alumno de La Conrería. Nacido en el año del Mayo francés. Dos años antes, Jaume Tuset y yo mismo, decíamos definitivamente adiós a Can Olivetti.)
Nos jodían bastante, los seminaristas
monitores, cuando, un día a la semana, nos hacían cargar el macuto de
provisiones para todo un día. Esto quería decir una excursión por la serrelada
desde Teiá (Teyá, entonces, en sus indicadores de carretera) hasta
La Conrería en la localidad de Tiana, arriba, en el Coll de Montalegre. Total,
para saludarse entre ellos, los monitores, y jugar un partido de fútbol.
Dejando a banda los juegos en
pequeñas olimpiadas de grupos, las conversaciones en la gran sala de la masía,
Can Freixes, también conocida como Manso Valls y Can Wertheïm, las salidas al
pueblo eran de lo más esperado. Cierto que la bajada al centro de la villa de
Teiá era principalmente para enfilar la subidita sin asfaltar a la iglesia,
visita obligada. Después de misa o confesiones, tiempo libre en el centro de la
villa, en esa especie de kiosquillo, entonces, donde acaparábamos mesas
con patas de hierro y sillas de mismos enclaves, se te clavaba el
hierro oxidado por la frágil ropa. Parecíamos presidiarios, todos de azul, el
pantalón algo más oscuro que la camisa, dependía mucho de las lavabas que
llevara. La Sra. Lola y el Sr. Pere, eran quienes se cuidaban de estas cosas,
aparte de la labor en huerta y piscina del incansable Pere.
Al día siguiente de la estancia en la
villa, Jaume me decía, “quien esa jovencita con quien platicabas tan
risueñamente”. Siempre le contestaba. “mi prima”. Risas y comprensión porque
únicamente conocía Teiá en esos quince días de gozo que la empresa Hispano
Olivetti tenía a bien para el disfrute en los hijos de
empleados.
La Olivetti tenía eso, y mucho más.
Disponía de polideportivo al aire libre; baloncesto, balonmano, hockey sobre
patines y, sobre todo, de lo que disfruté hasta mis primeros años de
juventud, una envidiable biblioteca. La bibliotecaria, creo recordar su
nombre, Margarida, como asiduo lector, me guardaba las novedades que
recibía. Disponía de guardería en la misma fábrica, desde bebés,
conocíamos la fábrica mejor que nuestra casa. La Olivetti, nos regalaba un día
de reyes inolvidables en la memoria, con un orden en nombre, número y edad,
recogíamos nuestros "reyes" de esos padres y madres disfrazados de
pajes.
Pero volvamos al hilo de la finca y
sus juegos. La finca colindaba con el Castell del Conde Godó,
Can Godó. La
masía, como ya leísteis más arriba, tuvo varios nombres y varios propietarios.
Manso Valls, cuyo apellido ya se cita en papeles de la villa en 1553. La masía
pasó a la familia de los Tamarit, más tarde a la familia Freixes hasta
comprarla el propietario de la fábrica de máquinas de coser Wertheïm. Más
tarde pasó a formar patrimonio de un banquero barcelonés hasta que la quiebra
económica de finales del siglo XIX le afecta y la finca pasa a ser propiedad de
la fábrica Hispano Olivetti, como queda citado igualmente más arriba.
En la actualidad sus inquilinos,
propietarios, pertenecen a la familia Herraiz Mahou, cerveceros.
Can Olivetti, como me gusta recordar,
disponía, no sé en la actualidad, de una capilla barroca, dedicada a Sant
Jaume. (ya ves tú, Jaume, que sonoridad en el nombre)
En los juegos de noche, con sustos y
mala leche de algún monitor, me gustaba disfrutar de la gincana nocturna. Con
alevosía y nocturnidad hacíamos verdaderas fechorías a la finca de los Condes
amparándonos en la noche, recogíamos las piñas que descansaban junto a las
agujas de sus pinos y las lanzábamos al otro lado de la valla, algunas, hasta
alcanzaban la piscina, que más parecía una balsa que un estanque dorado.
Pasados los días de libertad, llegaba
el momento de L’Hora dels Adéus (la hora de las despedidas). Ya en la fábrica
Olivetti, en la explanada a la entrada del polideportivo, frente a la vía del
tren, (hoy, todo parecido con la realidad de ayer, Centro Glorias, es pura
coincidencia) hasta el churrero existente participaba en el jolgorio de
nuestras manos cruzadas cantando el adiós con más pena que alegría:
“és l’hora dels adéus
I ens hem de dir, adéus.siau
germans, dem-nos les mans,
senyal d’amor, senyal de pau”
(Es la hora del adiós
Y hay que decir: adiós
hermanos, darnos las manos
señal de amor, señal de paz.)
Por cierto, L’hora dels adéus, es una
canción de origen escocés. Sí o sí.
Continuará....














