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martes, 9 de septiembre de 2014

EL MOSSÈ DE SANT VICENÇ DELS HORTS. TOMO I



Dejadme que me explaye sobre el “mossèn”, sacerdote, de Sant Vicenç dels Horts.

Por supuesto, desconocéis el personaje  y menos a la persona. Por el título, sospecho que erráis, si os llega a la mente la identificación del mossèn, con el alcalde de la citada localidad.

Sobre Oriol Junqueras, ya se encargó de hablar, escribir,(5-4-14)  el ex director de La Vanguardia y antiguo militante, en su juventud, en el  RSDC (Reagrupament Socialista Democrático de Catalunya, partido que dirigía el insigne pedagogo, Josep Pallach, fallecido en plena transición democrática. (Ciertamente una gran pérdida para el socialismo democrático) Joan Tapia.

Si bien es cierto que Oriol Junqueras es creyente y que cada día está perdiendo la fe, como tú y yo perdemos la fe en los políticos, no menos cierto es que el alcalde de Sant Vicenç dels Horts, nacido en el barrio de Sant Andreu del Palomar, Barcelona, gastó suelas y tiempo en los Archivos Secretos del Vaticano, donde llegó a coincidir, en pasillo y biblioteca, con el cardenal Ratzinger que entonces estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde entablaron algunas conversaciones.

Perdonadme este desliz, explicación,  sobre la apariencia  “sacerdotal” que recoge el escrito, con mismo título, Joan Tapia, sobre Oriol Junqueras. Un atrevimiento de mi parte, pues ya es tiempo que me centre en mi “mossèn”. Que me centre y hable de él, de ti, maestro.

Jaume Tuset i Berenguer, mi mossèn, nació en Sant Vicenç dels Horts. Nombrado en el sacramento sacerdotal en la localidad de  Santa Perpetua de la Moguda, en un año muy cercado al año de nacimiento de Oriol Junqueras., donde ejerció su labor con trabajo, sudor y alguna otra lagrima de impotencia.

Jaume era, fue, un sacerdote obrero, un cura rojo, para entendernos. Ayudaba al necesitado sin palabras, con hechos.  Trabajó en la Riviere. Colgó el hábito religioso, pero no el mono de trabajo. 

Esto transcendía a mediados de los setenta.

A Jaume Tuset i Berenguer, le conocí muchos años antes de esos mediados de los setenta. Más que conocerle, me conoció él, despertando mi observación en las cosas y en las personas.  Estos conocimientos de ambos, transcendía en los años 1962 a 1966. Normalmente me refugiaba en mi soledad, me gustaba, me gusta, estar solo. Esto no quiere decir que rehúya o desprecie la buena compañía, pero como digo, era, soy, observador y me gustaba crear mis propias fantasías o realidades. De hecho  mis dos últimos años de colonias, fui “cap de colla” de un grupo de unos doce chavales de mi misma edad, algunos, mayores que este escribir por aquel entonces.


Jaume ejercía de monitor, con otros alumnos de seminarios eclesiásticos. Conocidos todos ellos, colegas,  de La Conrería, el conocido Seminario menor de Barcelona.

(El autor de  "Un millón de gotas", Víctor del Árbol, antiguo alumno de La Conrería. Nacido en el año del Mayo francés. Dos años antes, Jaume Tuset y yo mismo, decíamos definitivamente adiós a Can Olivetti.)

Nos jodían bastante, los seminaristas monitores, cuando, un día a la semana, nos hacían cargar el macuto de provisiones para todo un día. Esto quería decir una excursión por la serrelada desde Teiá  (Teyá, entonces, en sus indicadores de carretera) hasta La Conrería en la localidad de Tiana, arriba, en el Coll de Montalegre. Total, para saludarse entre ellos, los monitores, y jugar un partido de fútbol.

Dejando a banda los juegos en pequeñas olimpiadas de grupos, las conversaciones en la gran sala de la masía, Can Freixes, también conocida como Manso Valls y Can Wertheïm, las salidas al pueblo eran de lo más esperado. Cierto que la bajada al centro de la villa de Teiá era principalmente para enfilar la subidita sin asfaltar a la iglesia, visita obligada. Después de misa o confesiones, tiempo libre en el centro de la villa, en esa especie de kiosquillo, entonces, donde acaparábamos  mesas con patas de hierro y sillas de mismos enclaves,  se te clavaba el hierro oxidado por la frágil ropa. Parecíamos presidiarios, todos de azul, el pantalón algo más oscuro que la camisa, dependía mucho de las lavabas que llevara. La Sra. Lola y el Sr. Pere, eran quienes se cuidaban de estas cosas, aparte de la labor en huerta y piscina del incansable Pere.

Al día siguiente de la estancia en la villa, Jaume me decía, “quien esa jovencita con quien platicabas tan risueñamente”. Siempre le contestaba. “mi prima”. Risas y comprensión porque únicamente conocía Teiá en esos quince días de gozo que la empresa Hispano Olivetti tenía a bien para el disfrute en los  hijos de empleados.

La Olivetti tenía eso, y mucho más. Disponía de polideportivo al aire libre; baloncesto, balonmano, hockey sobre patines y, sobre todo,  de lo que disfruté hasta mis primeros años de juventud, una envidiable biblioteca. La bibliotecaria, creo recordar su nombre, Margarida, como asiduo lector, me guardaba las novedades que recibía.  Disponía de guardería en la misma fábrica, desde bebés, conocíamos la fábrica mejor que nuestra casa. La Olivetti, nos regalaba un día de reyes inolvidables en la memoria, con un orden en nombre, número y edad, recogíamos nuestros "reyes" de esos padres y madres disfrazados de pajes.


Pero volvamos al hilo de la finca y sus juegos. La finca colindaba con el Castell del Conde Godó, 

Can Godó. La masía, como ya leísteis más arriba, tuvo varios nombres y varios propietarios. Manso Valls, cuyo apellido ya se cita en papeles de la villa en 1553. La masía pasó a la familia de los Tamarit, más tarde a la familia Freixes hasta comprarla el propietario de la fábrica de máquinas de coser Wertheïm.  Más tarde pasó a formar patrimonio de un banquero barcelonés hasta que la quiebra económica de finales del siglo XIX le afecta y la finca pasa a ser propiedad de la fábrica Hispano Olivetti, como queda citado igualmente más arriba.

En la actualidad sus inquilinos, propietarios, pertenecen a la familia Herraiz Mahou, cerveceros.

Can Olivetti, como me gusta recordar, disponía, no sé en la actualidad, de una capilla barroca, dedicada a Sant Jaume. (ya ves tú, Jaume, que sonoridad en el nombre)

En los juegos de noche, con sustos y mala leche de algún monitor, me gustaba disfrutar de la gincana nocturna.  Con alevosía y nocturnidad hacíamos verdaderas fechorías a la finca de los Condes amparándonos en la noche, recogíamos las piñas que descansaban junto a las agujas de sus pinos y las lanzábamos al otro lado de la valla, algunas, hasta alcanzaban la piscina, que más parecía una balsa que un estanque dorado.


Pasados los días de libertad, llegaba el momento de L’Hora dels Adéus (la hora de las despedidas). Ya en la fábrica Olivetti, en la explanada a la entrada del polideportivo, frente a la vía del tren, (hoy, todo parecido con la realidad de ayer, Centro Glorias, es pura coincidencia) hasta el churrero existente participaba en el jolgorio de nuestras manos cruzadas cantando el adiós con más pena que alegría:

“és l’hora dels adéus
I ens hem de dir, adéus.siau
germans, dem-nos les mans,
senyal d’amor, senyal de pau”
(Es la hora del adiós
Y hay que decir: adiós
hermanos,  darnos las manos
señal de amor, señal de paz.)


Por cierto, L’hora dels adéus, es una canción de origen escocés. Sí o sí.

Continuará....



sábado, 23 de agosto de 2014

ESTAS LETRAS PARA TI. TÚ, JA SAPS

Finalizado la jornada laboral, en aquellos años a las 15horas, la pereza de coger el tranvía, el bus o el metro, hacía que encaminara mis pasos hacía el ocio más variopinto que ofrecía la Barcelona de finales de los sesenta.

Una de las rutas, como ahora les llaman, sin guía, consistía en atravesar la calle Pelayo, descender por las calles Jovellanos, Ramelleres, hasta la calle Xuclá y refugiarme, en hora de comer, en el restaurante Los Toreros. No porque formara parte de ninguna peña taurina y me gusten los toros, y sí, por el llamamiento de su entrada e interior. Un interior decorado con fotos de nostalgia en blanco y negro.


Sobre las 5 de la tarde, hora taurina por antonomasia, abandonaba el espectáculo visual taurino, cruzaba las Ramblas, sin regateo de guiris en esos años ni estafadores de bolitas, saludaba a la simpática dependienta de la tienda de modas Felgar (una mujer que con seguridad me doblaba la edad, nunca supe si esperaba a alguien, apostada en la puerta de entrada a la tienda, pero era de esas mujeres en que los cuarenta, les hace más bellas), esquina Ramblas con calle Canuda.

En días alternativos me entretenía más tiempo en la librería Cervantes/Canuda que en el Palau Savassona.

Hoy día la tienda Felgar, como la librería Canuda, no existen.

Isak Andic, un turco llegado a Barcelona en el año 1968, año de mi luz laboral ( buffff, 46 años de labor, ya, en misma empresa, caramba, caramba) modifica esa esquina ramblera con la construcción de un nuevo Mango, su buque insignia. Mango, el buque insignia de Isak Andic. Una macro tienda futura.

La librería Cervantes/Canuda, conocida, sin el apellido del creador del quijotesco, como Canuda, fue fundada un 14 de Abril de 1931, proclamación de la Segunda Republica Española.


La librería Canuda, permitidme decirlo, forma parte de mi vida, para bien y para mal. Para bien porque solía comprar libros de viejo. Para mal, porque no puedo borrarme de mi cerebro que fue, en la librería Canuda, donde realicé mi primer y único robo en mis 61 años de vida. A pesar de la férrea vigilancia de sus “viejos” dependientes, aquella fría mañana, en un tris tras que no sé de donde me salió, agazapé “Nada” de Carmen Laforet bajo mi pantalón, rozando mi bragueta, bajo el jersey de cuello cisne negro. Me mantuve unos minutos por si algún espejo retrovisor visual hubiera captado mi hurto. Al poco, con más miedo en mis piernas que en mi cabeza, enderecé el angosto pasillo del local, mi vi en la calle, azotado por la bocanada de viento, me refugié en la entrada de carruajes del Palau Savassona, descubriéndolo.


El Palau Savassona se construyó en 1796 por Josep Francesc Ferrer de Llupiá, barón de Savassona. En el año 1906 se formó como sede del Ateneu Barcelonés, anteriormente conocido como Ateneu Catalá. El arquiteco fue Josep Gumá ayudado por un estudiante prometedor, colaborador de Gaudí, me refiero al olvidado y excelente arquitecto Josep Mª Jujol que, curiosamente, hoy día, sin saberlo en aquellos años de mis rutas, tengo a una de sus obras como vecino, la desconocida, para muchos, Casa Sansalvador, en el barrio del Coll/Carmel.

El Ateneu Barcelonés, fue uno de mis cobijos, mi amparo solitario disfrutando de su bosque, su jardín. De las salas de lectura, del silencio donde las barritas de luz manifestaban el shus shus inconfundible de toda biblioteca como tal.

Una de mis salas preferida de lectura fue la Josep Mª de Sagarra.


Josep Mª de Sagarra había formado parte en diferentes juntas del Ateneu sin llegar a presidirlo, como su padre, Ferrán de Sagarra que presidió el Ateneu entre 1930 y 1932.

La familia Sagarra i de Siscar fueron vecinos de barrio, calles Mercaders y Montcada, con la familia Ferrer de Llupiá barón del Palau de Savassona, actualmente Ateneu Barcelonés.

La música, entre otras muchas actividades, tuvo y tiene, un componente  importante en el Ateneu. 


El 14 de Marzo de 1924, Igor Stravinski visitó el Ateneu, dando un recital al piano junto a la soprano Mercé Plantada, otra vecina ilustre de los citados, pues vivió en la calle Moles, entre Vía Laietana y Portal del Ángel, muy cerca de la calle Condal.  

sábado, 23 de febrero de 2013

POEMA EN BLANCO



Tras el resguardo frío del cristal revelo el cortinaje deslumbrando la penumbra del hogar.



El paisaje, verde ayer, más allá de los cables estremecidos ante la frescura del día, se guarece bajo el manto almidonado en nieve.



Un fino manto en cellisca, desvela, en lenta agonía, la adormecida ciudad.



Tras los cristales, aparecen manos infantes, alborotando transparentes visillos.




El cercano Turó, de mi infancia y juventud, luce su cerro verdoso, durmiendo el piñar entre el susurro del viento, agujas de pino alfombrando su ira. 




Más allá, abandonando laderas de acuarelas, despierta la serranía vistiendo sus enaguas de blanca nieve, como doncella en su boda.



Una corriente de luz, desvela mi ensueño tras el cristal, desertando mi pensamiento el poema vestido de blanco.

sábado, 19 de enero de 2013

DESOLACIÓN



Leer la prensa hoy día (la de ayer y ¿la de mañana?) escuchar la radio o conectar la tele, es aposentar la desolación en tu mente, viciando de pesimismo al más cándido optimista.

Opté por partir, no manzanas con manzanas, huir de estas cuatro paredes que conforman una prisión sin barrotes, ante la presión de voces llegadas de las ondas e instaladas en cualquier periódico digital.

La hora es la correcta en mis andanzas solitarias ( en compañía, siempre persiste la voz que martillea tu tranquilidad:”Un día saldrás de casa sin las aceras emplazadas…).

Seguí la flecha recta del asfalto con la duda de llegar a la curva en forma de sartén que, en pronunciada bajada, me llevaría frente a una de sus entradas principales, quizás la más reconocida por los conductores de autocares turísticos por la explanada abierta, y restringida a ciertas horas y días a los vecinos que pagamos nuestros impuestos, pero no la más conocida para los friquis, despistados, turistas. Me incliné por el atajo, algo escorado e inclinado donde, algún vecino jubilado o no, remendó laborando unos peldaños trabajándolos de la propia inclinación montañosa que me llevaría directo a la gran puerta de entrada en forma de fuerte Laramie.

A esta hora, se respiraba tranquilidad en voces, piernas, perdones en empujones involuntarios por la premisa de una instantánea, vendedores sin permisos y carteristas del tiempo.

Frente a mí, todo el solitario camino más allá del primer descanso del fatigado conocedor del parque, ese oasis que ahora, a esta hora, sus mesas y sillas parecían más esqueléticas que nunca expuestas al reflejo solar rebotando la luz entre sus barrotes como una risa comunicación entre ellas, entre las sillas y mesas metálicas. A la derecha, quedaba el sendero entre la maleza cuidad que llevaba al pequeño anfiteatro columnado, formando una rectangular cueva espaciosa de luz con vistas al mar. Bajo el porche de tan exquisita galería, en uno de su tronco palmeral, esos brazos gaudianos que conforman la terraza superior, quedaron grabadas las palabras de amor de un tiempo y la sombra de nuestros besos.

Baje los parpados, para seguir viendo el solitario camino y aquellas horas de una tarde en el parque, cuando el parque no lucía redes de prohibido el paso y nuestros pasos descubrían nuevos senderos salvajes y caminos que nos llevaban más allá de las Tres Cruces, dos de ellas señalando los puntos cardinales y la tercera apuntando hacia el cielo, descubriendo vestigios de unas cuevas que sirvieron al naufragio de unos fugitivos de posguerra, pequeños huertos cuidados por estos ermitaños clandestinos, abasteciendo sus reinos con el agua de la fuente de la Cabreta, otra fuente desaparecida y olvidada.

Abrí los ojos, respiré hondo, mis pasos se deslizaron por la sena izquierda, la que, directamente me llevaría a la gran y majestuosa entrada conocida por tantos, quizás porque al llegar a sus países de origen, siempre recordarán y comentarán al vecino o familiar las vetustas escalinatas de colorido pedrisco y ese lagarto quebradizo, confundido siempre por cualquier desconocedor visitante con un dragón, cuya cabeza reflectante  chorrea sin cesar una fuente de agua donde manos y empujones se reparten en busca de la mejor fotografía. 
El dragón lo encontraremos en la fuente de la Cascada, en el otro parque, el parque de la Ciudadela.

En esta entrada principal, la más fotografiada, formada por una puerta de hierro forjado. 
Una replica de esta puerta, se puede ver en la Casa Miralles, otro mecenas de la ciudad Condal que, envidioso o no de las que el propio Gaudí había proyectado para Eusebio Güell, la Casa Vicens y el Bar Torino (El Torino desapareció en 1911, su reja se recuperó, instalándose en el bar restaurante Grill Room de la calle Escudillers. Al bar Torino le siguió una casa de arte, más tarde una joyería de la cual no quiero hacerle propaganda. Pero esto, esto es otra historia) le construyó, como digo, una replica que adorna parte del muro en forma de ondulaciones de Casa Miralles, en el paseo Manuel Girona.

Entrada conocida sí, por ese sopetón maravilloso donde se adivina la sala de conciertos, la plaza de la Naturaleza y la sala Hipóstila y, a ambos lados de la puerta de hierro, dos casitas, pabellones; refugio para carruajes, hoy día almacén de herramientas de jardinería y casa que debía ser como administración del propio parque, convertida en tienda de  libros, regalos y cafés.
Me había servido del atajo del parque para llegarme a la plaza Lesseps, el atajo bien vale la pena, que no fiesta como diría aquel. Ninguna prisa en llegar, sino que el atajo sirvió para aparcar la desolación y recrear en mi mente pasos perdidos del ayer.

Las casitas con jardín trasero y delantero de la calle Larrard iban perdiendo su primavera, quiero decir que muchas de estas tranquilas casitas iban perdiendo identidad. Unas, vendidas o alquiladas a tiendas de souvenir con misma identidad extranjera en sus vendedores; otras, reconvertidas en cafés, bar último demodé  y alguna en escuela de idiomas orientales.

Abandoné la calle que recogió su nombre de la Casa Larrard, palacete dentro del propio parque donde vivió, hasta su fallecimiento en 1918, Eusebio Güell. Mientras bajaba por la calle Mercedes, hacía el abrazo de las calles Marianao con Pare Jacinto Alegre, sonreía del error de los japoneses y no japoneses siguen confundiendo o mal orientados sobre la única casa habitable hoy día dentro del propio parque, creyendo o haciéndoles creer que la personas que observan en el jardín o detrás de las cortinas, son familiares de Gaudí y no dejan de hacer fotos en este sentido. Los propietarios de la casa no desean frustrarlos y se dejan fotografiar cuando no hay más remido al paso de cualquier flash.

Desconociendo este hecho, como otros dentro del parque, la Casa Martí Trias, guarda similitud gaudiana,  es obra de Juli Batllevell, sabadellense discípulo de Doménech i Montaner y colaborador de Gaudí en la arquitectura de la Casa Calvet.

Eusebio Güell, impulso la venta en parcelas del parque. Tan sólo pudo vender dos parcelas, una de ellas al doctor Martí Trías Doménech, que en aquellos primeros años de 1900 sin más vecinos en el parque, se abastecían de la compra a las cercanas masías Can Xirot y Can Toda, reconocidas hoy día en la falda de la montaña Pelada, al igual que se abastecía la familia Ventura, único vecino del doctor Martí Trías.

Durante la guerra civil, la casa del doctor Martí Trías fue ocupada por milicianos del Coll y en el año 39 por los moros que incendiaron parte del mobiliario. Los descendientes del doctor Martí Trías Doménech, los Vergés Trías,  pudo salvar algunos enseres y muebles y, por supuesto la casa hasta hoy día.

Al llegar a la calle Jacinto Alegre, ya planificado mi encuentro en la foto que guarda mi memoria de la fuente en esa calle, la Font del Carbó (fuente del Carbón) la sonrisa se troncó por los desperfectos que día a día desfigura el lugar, la fuente y el homenaje que los vecinos veneraban a la Virgen de la Salud que engalanaba la Font de Carbó.

Los terrenos, colindantes con el antiguo propietario, el Cotolengo, fueron comprados por el “indiano” Joan Carbó propietario de Can Xifreret, hoy sede social  y pistas del Club de tenis La Salud.

La Font del Carbó fue inaugura en 1875. En 1931 fue comprado por la hija del banquero Manuel Girona y Carolina Vidal, viuda de Sanllehy, Ana Girona Vidal, viuda de Sanllehy, que se casó con Domingo Sanllehy Albrich, dando nombre a la cercana plaza.

La Font de Carbó, en lamentable estado de conservación, cerrada por contaminación y vallado su entorno por el Ayuntamiento, (lamentable Parques y Jardines que no abra este espacio y anexarlo con el propio parque Güell por la entrada de la explanada con puerta estilo fuerte Laramie. Desde la “ecologista” Inma Mayol, las zonas ajardinadas en Barcelona han ido a menos. Quien os ha conocido, a Joan Saura e Inma Mayol, y quien os ve, descansando tras las aguas turbulentas en vuestras aguas tranquilas de Port de la Selva, dejando la selva del asfalto levantada sin mayos revolucionarios. Pero esto, esto es, también, otra historia) para no ser menos que el Park gaudiano que presume a su altura.

La Font de Carbó, enrejada, presume, se adivinan, dos plafones de cerámica enmarcados en pared tochana, remarcando en sus pilastras, la superior, la Mare de Déu de la Salut y en el plafón inferior el nombre de la fuente y la fecha memorial de unos Juegos Florales en decadencia.                                      

Camino abajo, dejo Jacinto Alegre para entremeterme por la calle Santa Elionor, antes de enlazar con la calle Antequera, cruce con la calle Molist, siguiendo calle Escorial y desembocar en la Travesera de Dalt que me llevará a la Plaza Lesseps, giro el cuello a mi izquierda, sonrió ante la productora Gestmusic y sí, lanzo con gesto de rabia una butifarra de pagés a nuestro Ayuntamiento barcelonés.

Ahora más que nunca, y siempre, vecinos de la Salut; Gracia; Vallcarca; Coll; Carmel unamos nuestra fuerza y razón de propuestas, contra este Ayuntamiento que encarcela nuestro Park Güell, Patrimonio de la Humanidad.

Desolación.

lunes, 14 de enero de 2013

MUCHA MIERDA: ANNA LIZARAN



Este escrito quedó reflejado en mi antiguo blog en la fecha señalada más abajo.
Mi granito de arena recordando a la “Lizaran”, recordándola siempre; su voz, su talante, sus gestos, su furia, su bondad, su genio, su figura. A ti Anna, como grité en su día, mucha mierda.
He podido disfrutar de tus registros en estas cuatro obras. Así, por orden de visión:

FORASTERS
UN MATRIMONI DE BOSTON
EL BALL
AGOST: OSAGE COUNTY


29-01-2011

AGOSTO: OSAGE COUNTY


No es una comedia, tampoco se ajusta a una pieza dramática. En todo caso es una obra que se ajusta a la comedia del día, es decir, a la comedia humana que nace, crece y vive en cualquier familia, vaya, una comedia humana como dijo aquel.
Me apetece dejar en esta ventana, y no en el estante, estas notas sobre Agosto: Osage County, una obra excepcional del desconocido, para mi, Tracy Letts.
Siempre, los criticos en criticar una obra teatral o estrena de película, acostumbran a llevar el agua a su molino, depende de si el director, actor o actriz les sonrió o les concedió una entrevista en exclusiva, es entonces cuando alardean de la obra, aunque no la haya visualizo y, como efecto dominó, destronar o entronar al director.
En este caso, en esta representación de la obra de Tracy Letts, Agosto: Osage County, no tienen nadan que pelar, que es como decir que cualquier mal resonancia escrita por el critico de turno sobre la representación en escena de Agosto. Osage County, solo se la creará él, puesto que si se hiciera una encuesta desde el día de su estreno, 25 de Noviembre hasta hoy día (recuerdo que la obra finaliza su representación el 23 de Enero, a partir de ese día, todo es prorroga) a cada una de las personas que hayan pisado el TNC, ninguna de ellas daría una nota de suspenso a la obra y, mucho menos al empeño y trabajo de los actores.
Quizás, ese crítico, por criticar y cobrar por la crítica, citaría de paso este o aquel altibajo en alguna actriz o actor embelesado, orgulloso en ese momento, de la misma acción teatral de alguno de sus compañeros de reparto.
Obra dividida en tres partes, la primera tiene una duración de 1h20 minutos que pasa sin estar pendiente del reloj, tras 20 minutos de entreacto comienza el segundo acto con duración de 55 minutos, con unos primeros minutos en que la actriz Montse German, (Karen Weston) en conversación con su hermana, en la obra, Emma Vilarasau (Bárbara Fordham) exterioriza unos textos espaciosos y bien aprendidos. La tercera parte, 1h 15 minutos se acelera el desenlace de la obra en una agradecida celeridad para el espectador.
He citado el excelente aprendizaje de texto que nos deleita Montse German, decir, en honor de lo visto, que los textos de Agosto: Osage County, son de agradecer, una prosa teatral de novela, de hecho, la obra parte de un fragmento de la novela “Todos los hombres del rey” de Robert Penn, novelista, poeta y, a la vez, critico literario, toda una joya.
Como digo, excelente interpretación de cada uno de los actores en su papel, desde la asistenta domestica, Almudena Loma, pasando por el sheriff Manuel Veiga ( el más flojo, no como actor, sino como representante duro del viejo y profundo oeste americano) hasta llegar a Anna Lizaran.
Miseria, odio, amor y desamor de cualquier clan familiar en que la persona en que gira la obra, el desaparecido patriarca familiar, Carles Velat, antes de su adiós y desaparición, nos hace un prologo en prosa que te invita a no perder ni una coma, ni una voz mientras se aleja de su habitat en busca de su felicidad, el suicidio.


De esa supuesta encuesta que citaba más arriba, cada uno de los supuestos entrevistados no se les debe de haber pasado la exquisita y magnifica escenografita de Odeón Decorados. Bajo el porche de esa casa del medio oeste, Carlos Velat nos presenta su relato, a medida que el actor se aleja de la casa, esta, mediante guía corredora, deja a la vista del espectador una verdadera, digamos, casa de muñecas, desde el altillo, donde se aloja la criada india, hasta el hall principal donde transcurre la mayor parte de la obra.
Destacar la interpretación de este o aquella actriz, dejaría un adjetivo extraviado para tal o cual actor.
Anna Lizaran. Intencionadamente he estado musitando que adjetivo debería colgar en el haber de la actriz interpretando a Violet Weston, la madre del clan familiar.
Adjetivos y sinónimos serían pocos para situar en el altar de la obra a Anna Lizaran.

Desde aquí, en este rincón de mi ángulo oscuro, aplaudo largamente la dirección de Sergi Belbel y, la limpia y clara traducción de Joan Sellent hasta el chispa ardiente de mis palmas en aplausos.

Mucha mierda en el futuro para todos ellos, para el teatro.
                                                      

domingo, 30 de diciembre de 2012

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO



Fue este mismos año, leí unas letras que me llamaron la atención. En realidad la atención, como observador que me aprecio, asalta mi curiosidad diariamente. La frase, las letras, no las leí como graffiti en cualquier trasera, o, delantera, según se mire, de la puerta de cualquier lavabo tabernero, cinéfilo u otros aseos que el mundo son.

Las letras, decían algo así; si en alguna cosa nos parecemos los amantes de los libros es en el gusto por ordenarlos a nuestra manera. Y si en alguna cosa nos diferenciamos es justamente en la manera que tenemos de hacerlo, de realizar, de ordenar nuestra particular biblioteca.
Se puede decir aquello de que, somos lo que escribimos y que cada biblioteca es fiel a su dueño, a su manera de observar.

Esta pobre filosofía, discurría por mi cabeza reposando mi desnudo cuerpo  en la acogedora silla mecedora, tipo Thoner, mientras contemplaba la desnudez de la mujer que me ofrecía su espalda.

Habían transcurridos unos minutos, no más de 16, que nuestros cuerpos se habían desligado. Ninguno de los dos fumamos, así que la filosofía pobre y sus deditos acariciando el lomo de los libros, mantenían el calor que emitía nuestra desnudez después de haber hecho el amor.
La perfecta circunferencia de plata sobre nuestras cabezas, blancura fría, iluminaba la estancia en frío resplandor de luna llena. La voz de ella rasgaba la noche acaecida.

Sus dedos, índice y corazón, arrastraban hacía fuera del estante los dos tomos del irlandés Joyce, Ulises. Medía girándose, sin desprender los libros del estante, su brazo resguardaba la jugosa manzana de su pecho derecho, todavía caliente mi mano de su fruta, respondió con una sonrisa la lectura que desprendieron mis labios al intento de elegir los libros del anaquel.

Mi voz se oyó cavernaria, silenciosa en el silencio reinante de la estancia: Esos dos tomos, Ulises de James Joyce, Editorial Lumen, los compré un día antes del 23 de Abril de 1981 en la librería Pravia de Travesera de Les Corts con Numancia. Por supuesto la librería, hoy día no existe y en su lugar, no han puesto un café bar ( o sí, porque hace varios años que no paso por el lugar) sino una tienda de papeles pintados, pocos años después de la compra de Ulises.

Parece que la repuesta, con la sonrisa ofrecida, la acogió como juego al atardecer, prosiguiendo sus dedos el azar de libros que descansaban en la balda, inmóviles. Antes de proseguir el juego, vistió su desnudez con un tul de seda sin transparencias.

“Nada”; la novela de Carmen Laforet, lucia como joya en sus manos. Carmen Laforet conquistó, con tan solo 23 años, la primera edicición del premio Nadal. Sonrío.
Esta novela la hurté, hace años, en la librería Canuda, en la calle del mismo nombre. Fue una acción de coraje en cabreo. Lo cierto es que había un tipejo alto, calvo y antipático que siempre que le comentaba cualquier titulo o autor, me miraba de arriba abajo como presintiendo un caco en mi figura. Lejos de la realidad.
Había comprado algunos libros en la citada librería, pero esa mañana, era un lunes, recuerdo, poca gente por las calles y agua de barrendero brillando sobre los adoquines. Entré en la librería, en el mostrador de la izquierda, la dependiente entrada en años y en el corto y estrecho pasillo hacia la estancia más amplia, donde se exponía libros de todos los precios en su nave central, ahí estaba el tipejo y, en una esquina cestera, “Nada”.

Sonó el teléfono, el tipejo marchó a recoger la llamada y yo, audaz en atrevimiento nunca pensado, oculté el libro bajo mi pantalón, por dentro del slip. Al salir de nuevo al pasillo, el imperfecto seguía hablando por teléfono en la apertura habitable del mismo pasillo, la encargada, ahora a la derecha, me miró por encima de sus gafas, musité un bon día y adeu. Giré por la calle de Bot, Portaferrisa y, al llegar a Perot Lo Lladre, ironías de la vida, (su rejilla como puerta, entonces permanecía abierta hasta cierta hora de la tarde) en su tramo saliendo a la calle del Pi, ojeé tranquilamente el libro, 2ª edición septiembre 1945. Buff, suspiré, perdiéndome hacía el Call, refugiándome en un viejo bar de la calle Marlet. Viejo bar que ya no existe, como dejará de existir la propia librería Canuda, centenaria, anunciado su cierre para el año 2014, es decir, apresurar a comprar o a esperar el 2014 para comprar libros en buen saldo.

Su dedo siguió el sendero en azar por los libros, posándose, como su vista y cabecita algo vertical para leer correctamente el titulo y autor, “Retrato del artista en 1956” de Jaime Gil de Biedma.
Este libro, le refiero, lo compré junto a otros dos, “El cant de la juventud” de la añorada Montserrat Roig y “Testament a Praga” de Teresa Pàmies, en la calle, esto es, en la calle del Progrés, fronteriza de Barcelona con L’Hospitalet de Llobregat, una callecita que parte de la Ctra. de Collblanc hacía el Mercat del mismo nombre. Desconozco si actualmente sigue esta buena costumbre de venta en libros de viejo en la misma zona, puesto que te hablo de primeros años ochenta.

Abandono mi aposento en silla mecedora para sentarme indignamente sobre la alfombra, cubriendo mi desnudez, a la luz de la luna, con una especie de frazada.

Pero como puede ser que recuerdes esos momentos en la compra de un libro que, seguramente, hace años lo leíste y no has vuelto a ojear desde entonces.- dice mi amante amada.

No de todos. Si sigues poniéndome a prueba, quizá lleguemos a alguno que no recuerde como llegó a mis manos. Quiero ser fiel al juego, así que si llegará este momento, confesaría mi ignorancia. Sonreímos. Nos abrazamos. Nos besamos. Como si de unos zapatos se tratara, calza su braguita, lentamente, piernas y muslos hasta cubrir el pequeño bosquecillo de su sexo.

Su dedo recorre, como sostenidos y bemoles la riada de libros de Paco. Cada uno de sus libros, los libros de Paco Candel, tienen un especial propio para mí. Cada uno tiene su propia historia, por supuesto no le cuento la historia de cada libro del querido narrador social (ostia tú, hace cinco años ya de su adiós).
Ensimismado en su recuerdo, observo a mi amante que su mano cachea y rastrea por detrás de los libros de Candel, donde resguardo otros libros del mismo autor.
En cada una de sus manos, abandera sendos libros “Donde la ciudad cambia su nombre” de la editorial Plaza con edición de 1962 al precio de 20 pesetas y “Parlem-ne” de editorial Bruguera 1ª edición octubre de 1963 con traducción de Martí Olaya.
Se extraña de ver hasta cuatro ediciones y editoriales distintas de “Donde la ciudad cambia su nombre”. Como decía más arriba, cada libro de Paco Candel tiene su historia y sus momentos.
Me limito sin más, a confesarle donde adquirí los ejemplares que ocupan sus manitas.”Donde la ciudad cambia su nombre” lo encontré en la librería de viejo “Factory” existente en Secretario Coloma y “Parlem-ne” en otra entrañable librería de viejo situada en la calle La Palla de Ciutat Vella, librería Batlle de tradición familiar y generacional en los años que corren.

Sobre los libros de Candel me hago el desentendido y acto seguido dispara su dedo sobre el lomo de “El pájaro africano” de Víctor Alba.
Le comento que “El pájaro africano” fue finalista del premio Planeta del 75 y Víctor Alba era el seudónimo de Pere Pagés un incansable luchador, conocedor de los hechos de Mayo del 37, desde muy joven comprometido con el POUM, compañero de Andréu Nin, Julián Gorkín, Joaquín Maurín, Juan Andrade y el mismo George Orwell.

Pere Pagés, Víctor Alba, trabajó para Albert Camus en el periódico “Combat”.
La vida; el seudónimo, alias de Víctor Alba proviene de uno de sus protagonistas de una novela del propio Pagés que él mismo destruyó, después de recibir de Camus una mala critica de esa novela destruida.
Sigue mi perorata que el citado libro lo compré en 1978, en la vieja librería, inexistente hoy día, que estaba situada a pie de la calle Tallers, a mano izquierda hacia La Rambla, entrando por Ronda Sant Antoni.
Curiosidad, este libro lo dejé a leer a una compañera a finales de los noventa. Quedó tan entusiasmada que me comentó donde lo había comprado, le aclaré que es un libro descatalogado y que, con suerte, lo puedes encontrar en alguna librería de viejo.
Al igual que localicé “Pam a Pam” de Alexander Cirici i Pellicer (no el renovado de la admirada Itziar González, tal palo, tal astilla .Por su padre, digo) en la librería Batlle, pude localizar, pasados los años “El pájaro africano” en la misma librería de la calle Tallers poco antes del cambio de siglo.

Sus manos seguían andante maestoso con la naturalidad de las teclas blancas del piano sobre la oscuridad de la noche. El foco de una lámpara de pie, tras la silla mecedora, iluminaba la quietud de sus dedos sobre el libro de tapa roja de Gogol “Almas muertas”.
Recuerdo la compra de ese libro; recuerdo que me lo compró mi madre. Mi edad, en aquel año, de 12 014 años. Nos acercábamos a dejar toallas y trapos al señor Ramón, un vecino del barrio que tenía una barbería en la calle Lancaster. Primero entramos a una granja de la calle Conde del Asalto, mi madre compró una barra de pan, una ensaimada y una pastilla de chocolate enfundada en su papel de plata forrada de rojo Nestlé. Al lado de la granja había una librería y un capazo en su exterior con venta de libros de ocasión. Debía de plegar la editorial Pretonio, porque fue una buena ocasión para comprar “Almas muertas”.
En la calle Lancaster, a esa tierna edad, únicamente conocía la barbería del señor Ramón. Más tarde, años ha, conocí la decadente sala teatrera La Bodega Bohemia, que, al igual que tantas librerías de viejo, desapareció del haz de la Barcelona canalla.
Decrepita sala donde actuaban extravagantes profesionales del music hall, transformistas, cupletistas llegados a menos, divertidos, risas y picardías en su salsa lujuriosa: “Marie Claire, Marie Claire una puta por cada mujer...” o algo parecido entonaba una tal Marisela entrada en años, como todos los que allí actuaban.

Mientras susurraba a mi amante si pretendía que le informara de los 1138 libros que vestían mi biblioteca, el tul de seda caía a sus pies desnudando su cuerpo, la noche se nos echaba a cuestas. Antes de finalizar la frase, mi amor sostenía en sus manos, un último libro, el erótico gesto de su boquita, sugería el desenlace final sobre el libro que mantenía en su mano como única materia que cubría su cuerpo, puesto que otros deleites lucían sin palabras en su talle.

“Contraataque” de Ramón J. Sénder. Un libro de compromiso político, donde Sender (En cierta ocasión, Marcelino Peñuelas, en sus conversaciones con el novelista, le preguntó sobre su apellido, si prefería que le citarán como Sénder o Sender. El autor, nacido en Chalamera de Cinca, le contestó que le era indiferente pues en las dos pronunciaciones respondía igual, con o sin acento) desarrolla los tristes acontecimientos personales en plena guerra civil española. El asesinato de su esposa, así como el asesinato de dos de sus cuñados y un hermano que ostentaba la alcaldía de Huesca en el 36. Algunas lenguas, ni malas ni buenas, observan en la novela L’Espoir, de André Malraux, cierto episodios plagiados de la novela de Sénder.

Este libro, prosigo a explicarle a mi amante después de cubrir su cuerpo con telas que palpan sus formas, certificando su físico, lo compré en la librería Jaimes, en Pº de Gracia.
Curiosidad. La librería Jaimes, perdió su nombre original el mismo año de su inauguración, 1941. Su verdadero nombre corresponde a James, pero (siempre los peros) en ese año de gloria franquista, con un nazi potencial e imparable de nombre Adolfo, todos los nombres, actos o cosas que no estuvieran escritos en español, alemán o italiano, eran prohibidos en el acto. De aquí que James, se transformara hasta el día de hoy en librería Jaimes.
En el día de hoy es un decir, puesto que, al igual que la librería Canuda, tiene sus días contados, cuanto menos en la ubicación actual del paseo de Gracia.

El año 2014 probablemente cambiará de zona, por los altos alquileres del enclave actual, donde los Tiffanys con o sin diamantes, pueden permitirse el lujo de ese desembolso. Esperemos que siga como Jaimes, librería Jaimes.
 
Un fogonazo de luz inundó la estancia, sus ojos veían sin ver, una corpulencia, una sombra sin identificar. Una voz, conocida, le despertó de su somnolencia, su modorra.

.-Ei, para, que fas amb a las bosques (Ei papi, que haces en la oscuridad).

Al reincorporarse, cayó a sus pies el libro que reposaba en su regazo:

“No digas que fue un sueño” de Terenci Moix.



sábado, 22 de diciembre de 2012

¿FRUSTRANTE? NO.


La obsesión por la literatura; la obsesión de empedernido lector de ciertos autores y la obsesión inflexible por ciertos autores que nunca leería, le hizo pensar, como  ráfaga de aire en otoño espacioso y furioso, esa ráfaga que provoca la danza de la hojarasca  hasta envolverla en manto de broza hasta el alboroto de un nuevo y repentino torbellino.

En el remanso de ese torbellino, resguardado en parapeto tapial del viejo bar, frente al extenso parque iluminado en la hora del día invernal, el comienzo del invierno y el fin del mundo, pensé en ella, en las dos, es decir, en la escritora y en la frase, o al revés, sí; primero en la frase “Rata de biblioteca” en que Merçe Rodoreda designó en señalar a Armand Obiols, su amor en años de penitencia (parafraseando a Carlos Barral) seudónimo de Joan Prat Esteve.                                                                           

La frase. Hace pocos años, rememorando mis años de primera juventud, escribía en la web de mi pueblo, un pueblo dormido o extendido en la ancha  Castilla, anécdotas y vivencias propias y ajenas de mi terruño en  La Moraña (Ávila), más que esbozar, señalé directamente a un paisano como “rata de biblioteca”.

¿Alguno de vosotros, lectores, (caso que tenga lectores este escrito) puede tomarse a mal o enfadarse porque se le denomine rata de biblioteca?  Pues el paisano al que, por cierto, se le reconoce como cronista del pueblo donde nació la reina que se encargó de desterrar a los moros y un servidor, montó en cólera y enojo y, según los comentarios que me llegaron vía interior, al cronista, no oficial, de mi pueblo, le entró un télele, un soponcio, hasta provocarle estrés.

Mi pueblo tiene un nombre musical de renacimiento y primer barroco, excelso y bello como toda la región de La Moraña que, aunque suene a Marania de tierra de moros, me inclino por el origen popular en la creencia sobre el origen de La Moraña vendría de Maraña, por la maraña de pueblos pequeños que en un tiempo se aglomeraban en dicha tierra castellana o, vete tú a saber, sino por la maraña de sus habitantes como el cronista no oficial de mi pueblo.

Luego ella,  Merçe Rodoreda. 21 de Diciembre 2012, un día de luz, alguna mota de algodón sobre el celeste y ráfagas de viento enarbolando faldillas, ramas de árboles despojadas de su vestimenta, el verde césped ausente a ambos lado del sendero que lleva al parque de su niñez y juventud, sonriente foto a boca de dragón. La ausencia y la fuerza de ese olor primaveral de ayer y que mañana nos devolverán las hojas oscilantes de los tilos, el olor del eucalipto, la retama esparcida, el romero, tomillo y lavanda, salvia y magnolias y la hiedra que vestirá de nuevo el jardín como mar, azul como el día.

Su vestimenta es azul, abrigo azul y leotardos azulados, camina despacio, abrigada su piel clara. Pelo corto, nevado; su piel clara, blanca, porcelana a juego con el cabello, ojos rasgados, boquita diminuta, labios finos dibujados a lápiz denunciaban claramente sus rasgos orientales. Al oír su voz, de tonos como ella misma, en un francés de la región de Borgoña, me llevó a la tonta pregunta de su lugar de nacimiento.

Sai Gón.- florece la palabra de su boquita

¿Saigón, Vietnam?, repite mi boca

Oui Oui; sonrie. 

En perfecta educación se aleja su diminuta figura de mis ojos. La ráfaga de viento desgreña los finos hilos de nieve que adornan su cabecita, perdiéndose por el sendero hacía la boca del dragón, perpetuo vigilante del viaducto del parque y la perpetua lavandera, cuyo pórtico en mirada distanciada, se me antoja la verdadera vagina del parque.

Esta obsesión literaria en mi mente, roedor de bibliotecas y librerías de viejo echa en falta aquellas tertulias, por que no, platicadas en el Café de la Rambla o en el restaurante La Puñalada.

No puedo dar calada al puro cohíbas ni sorber el último trago de Jameson, que escribiría Joan de Sagarra, sin otras cosas, porque no soy fumador ni bebedor, pero sí bien vale un suspiro de placer en la visión del día con imágenes.

Será eso, que soy un rebeco adulto, esto es, un ejemplar solitario. Una persona, no rara, sino diferente.


 ¿Frustrante? No.