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martes, 9 de septiembre de 2014

EL MOSSÈ DE SANT VICENÇ DELS HORTS. TOMO I



Dejadme que me explaye sobre el “mossèn”, sacerdote, de Sant Vicenç dels Horts.

Por supuesto, desconocéis el personaje  y menos a la persona. Por el título, sospecho que erráis, si os llega a la mente la identificación del mossèn, con el alcalde de la citada localidad.

Sobre Oriol Junqueras, ya se encargó de hablar, escribir,(5-4-14)  el ex director de La Vanguardia y antiguo militante, en su juventud, en el  RSDC (Reagrupament Socialista Democrático de Catalunya, partido que dirigía el insigne pedagogo, Josep Pallach, fallecido en plena transición democrática. (Ciertamente una gran pérdida para el socialismo democrático) Joan Tapia.

Si bien es cierto que Oriol Junqueras es creyente y que cada día está perdiendo la fe, como tú y yo perdemos la fe en los políticos, no menos cierto es que el alcalde de Sant Vicenç dels Horts, nacido en el barrio de Sant Andreu del Palomar, Barcelona, gastó suelas y tiempo en los Archivos Secretos del Vaticano, donde llegó a coincidir, en pasillo y biblioteca, con el cardenal Ratzinger que entonces estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde entablaron algunas conversaciones.

Perdonadme este desliz, explicación,  sobre la apariencia  “sacerdotal” que recoge el escrito, con mismo título, Joan Tapia, sobre Oriol Junqueras. Un atrevimiento de mi parte, pues ya es tiempo que me centre en mi “mossèn”. Que me centre y hable de él, de ti, maestro.

Jaume Tuset i Berenguer, mi mossèn, nació en Sant Vicenç dels Horts. Nombrado en el sacramento sacerdotal en la localidad de  Santa Perpetua de la Moguda, en un año muy cercado al año de nacimiento de Oriol Junqueras., donde ejerció su labor con trabajo, sudor y alguna otra lagrima de impotencia.

Jaume era, fue, un sacerdote obrero, un cura rojo, para entendernos. Ayudaba al necesitado sin palabras, con hechos.  Trabajó en la Riviere. Colgó el hábito religioso, pero no el mono de trabajo. 

Esto transcendía a mediados de los setenta.

A Jaume Tuset i Berenguer, le conocí muchos años antes de esos mediados de los setenta. Más que conocerle, me conoció él, despertando mi observación en las cosas y en las personas.  Estos conocimientos de ambos, transcendía en los años 1962 a 1966. Normalmente me refugiaba en mi soledad, me gustaba, me gusta, estar solo. Esto no quiere decir que rehúya o desprecie la buena compañía, pero como digo, era, soy, observador y me gustaba crear mis propias fantasías o realidades. De hecho  mis dos últimos años de colonias, fui “cap de colla” de un grupo de unos doce chavales de mi misma edad, algunos, mayores que este escribir por aquel entonces.


Jaume ejercía de monitor, con otros alumnos de seminarios eclesiásticos. Conocidos todos ellos, colegas,  de La Conrería, el conocido Seminario menor de Barcelona.

(El autor de  "Un millón de gotas", Víctor del Árbol, antiguo alumno de La Conrería. Nacido en el año del Mayo francés. Dos años antes, Jaume Tuset y yo mismo, decíamos definitivamente adiós a Can Olivetti.)

Nos jodían bastante, los seminaristas monitores, cuando, un día a la semana, nos hacían cargar el macuto de provisiones para todo un día. Esto quería decir una excursión por la serrelada desde Teiá  (Teyá, entonces, en sus indicadores de carretera) hasta La Conrería en la localidad de Tiana, arriba, en el Coll de Montalegre. Total, para saludarse entre ellos, los monitores, y jugar un partido de fútbol.

Dejando a banda los juegos en pequeñas olimpiadas de grupos, las conversaciones en la gran sala de la masía, Can Freixes, también conocida como Manso Valls y Can Wertheïm, las salidas al pueblo eran de lo más esperado. Cierto que la bajada al centro de la villa de Teiá era principalmente para enfilar la subidita sin asfaltar a la iglesia, visita obligada. Después de misa o confesiones, tiempo libre en el centro de la villa, en esa especie de kiosquillo, entonces, donde acaparábamos  mesas con patas de hierro y sillas de mismos enclaves,  se te clavaba el hierro oxidado por la frágil ropa. Parecíamos presidiarios, todos de azul, el pantalón algo más oscuro que la camisa, dependía mucho de las lavabas que llevara. La Sra. Lola y el Sr. Pere, eran quienes se cuidaban de estas cosas, aparte de la labor en huerta y piscina del incansable Pere.

Al día siguiente de la estancia en la villa, Jaume me decía, “quien esa jovencita con quien platicabas tan risueñamente”. Siempre le contestaba. “mi prima”. Risas y comprensión porque únicamente conocía Teiá en esos quince días de gozo que la empresa Hispano Olivetti tenía a bien para el disfrute en los  hijos de empleados.

La Olivetti tenía eso, y mucho más. Disponía de polideportivo al aire libre; baloncesto, balonmano, hockey sobre patines y, sobre todo,  de lo que disfruté hasta mis primeros años de juventud, una envidiable biblioteca. La bibliotecaria, creo recordar su nombre, Margarida, como asiduo lector, me guardaba las novedades que recibía.  Disponía de guardería en la misma fábrica, desde bebés, conocíamos la fábrica mejor que nuestra casa. La Olivetti, nos regalaba un día de reyes inolvidables en la memoria, con un orden en nombre, número y edad, recogíamos nuestros "reyes" de esos padres y madres disfrazados de pajes.


Pero volvamos al hilo de la finca y sus juegos. La finca colindaba con el Castell del Conde Godó, 

Can Godó. La masía, como ya leísteis más arriba, tuvo varios nombres y varios propietarios. Manso Valls, cuyo apellido ya se cita en papeles de la villa en 1553. La masía pasó a la familia de los Tamarit, más tarde a la familia Freixes hasta comprarla el propietario de la fábrica de máquinas de coser Wertheïm.  Más tarde pasó a formar patrimonio de un banquero barcelonés hasta que la quiebra económica de finales del siglo XIX le afecta y la finca pasa a ser propiedad de la fábrica Hispano Olivetti, como queda citado igualmente más arriba.

En la actualidad sus inquilinos, propietarios, pertenecen a la familia Herraiz Mahou, cerveceros.

Can Olivetti, como me gusta recordar, disponía, no sé en la actualidad, de una capilla barroca, dedicada a Sant Jaume. (ya ves tú, Jaume, que sonoridad en el nombre)

En los juegos de noche, con sustos y mala leche de algún monitor, me gustaba disfrutar de la gincana nocturna.  Con alevosía y nocturnidad hacíamos verdaderas fechorías a la finca de los Condes amparándonos en la noche, recogíamos las piñas que descansaban junto a las agujas de sus pinos y las lanzábamos al otro lado de la valla, algunas, hasta alcanzaban la piscina, que más parecía una balsa que un estanque dorado.


Pasados los días de libertad, llegaba el momento de L’Hora dels Adéus (la hora de las despedidas). Ya en la fábrica Olivetti, en la explanada a la entrada del polideportivo, frente a la vía del tren, (hoy, todo parecido con la realidad de ayer, Centro Glorias, es pura coincidencia) hasta el churrero existente participaba en el jolgorio de nuestras manos cruzadas cantando el adiós con más pena que alegría:

“és l’hora dels adéus
I ens hem de dir, adéus.siau
germans, dem-nos les mans,
senyal d’amor, senyal de pau”
(Es la hora del adiós
Y hay que decir: adiós
hermanos,  darnos las manos
señal de amor, señal de paz.)


Por cierto, L’hora dels adéus, es una canción de origen escocés. Sí o sí.

Continuará....



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